A veces una decisión aparentemente sencilla termina diciendo mucho más por lo que ocurre alrededor de ella, que por la propia decisión en sí misma. Estados Unidos, como ya todos sabemos, decidió quitarle su visa a Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente mexicano. Pero el problema comienza después: Washington no ha explicado públicamente por qué tomó la decisión, mientras que en México casi de inmediato comenzó a construirse una respuesta de Estado como si la decisión estadounidense afectara a algo más que a una sola persona en particular.
Y en cierta manera, así lo es: la decisión afecta a más, mucho más que a un ciudadano.
López Beltrán fue dirigente de Morena. Coordinó varias elecciones locales en las elecciones del año pasado. Pero probablemente lo más importante es que, de acuerdo con muchas lecturas, parecía enfilarse como el heredero político de su padre quien, incluso, habría trazado la ruta para que sucediera a Claudia Sheinbaum en 2030. Estamos hablando de una figura que, en su momento, sonó como serio aspirante a la presidencia de la República.
Pero probablemente su mayor peso, y de ahí la relevancia de la cancelación de su documento migratorio, no es directamente su trabajo político, ni el actual ni el venidero. Más bien, podría ser su propia relación sanguínea, la cercanía carnal con AMLO, lo que termina volviendo tan relevante la decisión de los EE.UU.
López Obrador, por el peso político y social que conserva en nuestro país, sería un blanco mucho más costoso para cualquier acción directa de los Estados Unidos. Más allá de si fuese culpable de algún ilícito o la víctima de una intromisión extranjera en nuestro país, una embestida directa contra el expresidente tendría consecuencias políticas mucho mayores. Pero con sus hijos, la ecuación resulta muy diferente. Atacar -con o sin razones- a Andy López Beltrán, es una forma de atacar a López Obrador.
Pero en ese mismo tenor, y entendiendo el peso que tiene el exmandatario en todo su movimiento -la llamada “4T”-, atacar a López Obrador es una forma de atacar a ese propio movimiento. Son golpes simbólicos, semióticos, pero que terminan dañando la línea de flotación del movimiento, del partido -Morena- y, por ende, de su estabilidad y permanencia en el poder. Dicho de otra manera: la visa se la quitaron a un ciudadano, pero el golpe lo recibe todo un engranaje político.
Una pregunta incómoda ha resonado en las últimas horas en la opinión pública nacional: ¿por qué defender la visa de Andy terminó presentándose prácticamente como una defensa de México? Y la respuesta es sumamente sencilla: porque para el oficialismo, defender a Andy, como antes lo hizo con Rocha Moya y compañía, es defenderse a sí mismos, como grupo, como coto de poder. Y para lograr esta defensa, como desde hace tiempo lo vienen haciendo, han decidido envolver a su movimiento en la bandera del nacionalismo, de la soberanía.
Dicho de otro modo: su narrativa ha versado en equiparar al país con su movimiento entendiendo que cualquier ataque a uno, en automático, significa un ataque al otro.
Por ello la presidenta, la jefa de gobierno y varios otros políticos de alto rango han salido a defender o minimizar lo ocurrido con López Beltrán: no porque se trate realmente de un asunto de interés nacional sino porque, al convertirlo en eso, tratan de minimizar los daños colaterales, pero, sobre todo, de blindarse ante posibles nuevos “ataques”.
Pero, así como el gobierno envuelve un tema particular en la bandera nacional, también es cierto que EE.UU. de alguna forma, con un documento migratorio como lo es la visa, tiene el poder de participar activamente en la política de nuestro país. No hace falta invadir nuestro territorio, imponer nuevas sanciones económicas, solicitar el arresto de políticos mexicanos, ni siquiera hablemos de un golpe de Estado o una intervención como la ocurrida en Venezuela a principios de año: basta con cancelar la visa de un familiar cercano al líder moral del movimiento político más grande del país, para crear un sismo que amenaza con mover las fichas en el tablero político del oficialismo. Cancelar el acceso a su territorio a una persona que, técnicamente, no gobierna ni ostenta cargo alguno en nuestro país, podría terminar provocando movimientos presentes con repercusiones a futuro sobre quienes gobiernan y ostentan cargos en nuestro país.
En palabras más llanas: la cancelación de la visa de Andy podría terminar trastocando a Morena, al gobierno y los futuros resultados electorales.
Al final del día, tenemos dos situaciones que se alimentan una de la otra y, dependiendo de cuál sea la verdad -el trasfondo de todo el asunto-, podremos entender quién está actuando con dolo. El gobierno de México convierte la visa cancelada de López Beltrán en una muestra de una intromisión de EE.UU. pero, ¿qué tal que, en efecto, la intención de nuestro vecino país del norte es meramente política y no posee evidencias en su contra? Entiendo que, en este punto, y por lo que diversas versiones periodísticas han señalado, pensar que el asunto es solamente político podría parecer difícil. Pero la posibilidad, finalmente, existe. Y evidencias como tales -aunque puedan existir en demasía- no se han dado a conocer. Pero también podría ocurrir que Washington sí posea elementos contra López Beltrán y, al mismo tiempo, esté utilizando esos elementos con una intención política. Una cosa no necesariamente cancela a la otra.
Y en esta línea, surge entonces otro posible escenario: que, ante la existencia de evidencias sólidas contra López Beltrán, Rocha Moya y otros políticos acusados y/o con visas canceladas, el gobierno mexicano, sabiendo esto, haya decidido poner al país, su soberanía y nacionalismo, como un escudo protector para salvaguardar la impunidad de políticos y similares. Dicho de otra manera: poner a México como barrera para evitar que se haga justicia.
Los dos escenarios son posibles. Incluso a la vez. Y lo peor de todo es que, para estas alturas del partido, ambas partes saben qué rol están jugando: si EE.UU. está mintiendo o utilizando políticamente decisiones migratorias o acusaciones judiciales, Washington lo sabe. Si México está encubriendo a culpables, el gobierno mexicano lo sabe. Los únicos que, hasta ahora, seguimos sin saber qué ocurre realmente somos los mexicanos.
Lo cierto es que años atrás, en otras naciones, Estados Unidos necesitaba comprar políticos, infiltrar gobiernos, financiar movimientos o guerrillas o incluso invadir territorios para generar cambios políticos en esos lugares. Hoy, al menos en México, parece que basta con lanzar la bomba de cancelar una visa, siempre y cuando caiga en un lugar -o en una persona, en este caso- muy preciso, para mover los cimientos de la estructura política que gobierna toda una nación.
Nos vemos el próximo jueves. Tenemos una cita con el poder.
Agendado.
*@betoblizzard.
Únete al canal de WHATSAPP DE EL INDEPENDIENTE, también a nuestro canal de TELEGRAM y recibe las noticias clave del día, análisis y últimas actualizaciones directamente en tu celular.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

