Durante la segunda administración de Donald Trump, Washington ha designado a diversos cárteles como organizaciones terroristas y ha ordenado al Pentágono preparar opciones para combatirlos. Incluso se han estudiado alternativas que van desde ataques con drones hasta misiles lanzados desde buques estadounidenses. En este contexto, los análisis del Doctor Víctor Hernández Ojeda, de la Universidad Panamericana, merecen atención, aunque algunas de sus afirmaciones requieren ser contrastadas con evidencia y diferenciadas entre hechos, hipótesis y prospectiva.
Hernández Ojeda sostiene que existe una creciente disposición política estadounidense para considerar una intervención contra los cárteles y que el cambio fundamental respecto del primer gobierno de Trump consiste en la transformación del problema del narcotráfico en una cuestión de seguridad nacional. Su argumento tiene sustento parcial: la orden ejecutiva de enero de 2025 efectivamente presentó a los cárteles como una amenaza que trasciende la delincuencia organizada convencional y los vinculó con terrorismo, gobiernos extranjeros e insurgencia. Además, Trump había planteado previamente la posibilidad de enviar tropas a México y, según el exsecretario de Defensa, durante su primer mandato llegó a preguntar por la posibilidad de utilizar misiles contra laboratorios de drogas.
Sin embargo, convertir esa presión en una invasión exitosa sería mucho más complejo. El principal costo para Estados Unidos no sería únicamente militar. México es actualmente un componente esencial de la economía norteamericana: el comercio bilateral de bienes alcanzó aproximadamente 872.8 mil millones de dólares. Una guerra pondría en riesgo cadenas productivas de automóviles, electrónica, dispositivos médicos, alimentos y energía que funcionan de manera integrada. La Reserva Federal ha señalado precisamente la creciente importancia de México dentro de las cadenas de suministro estadounidenses.
También existiría un costo jurídico y diplomático. Una operación militar unilateral contra territorio mexicano chocaría con el principio de soberanía y con la prohibición del uso de la fuerza; salvo las excepciones reconocidas por el derecho internacional. La experiencia de Irak y Afganistán demuestra, además, que una superioridad militar abrumadora no garantiza una solución política estable. De igual forma, México no es Colombia; aunque existen parecidos extraordinarios, México representa la invasión de millones de personas a Norteamérica en reacción inmediata frente a cualquier intento de conflicto armado. Un ataque contra México implicaría, de facto, la inmigración de treinta millones de personas inmediatamente a Norteamérica.
Las oportunidades, por tanto, parecen encontrarse menos en la invasión que en una cooperación de seguridad mucho más profunda: inteligencia compartida, persecución financiera de las organizaciones criminales, control del tráfico de armas desde Estados Unidos, reducción de la demanda estadounidense de drogas y operaciones mexicanas apoyadas por información estadounidense. El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes en febrero de 2026 ilustra que la cooperación de inteligencia puede producir resultados sin necesidad de una ocupación extranjera.
La prospectiva de George Friedman resulta particularmente interesante: imagina un México convertido en una potencia económica importante y una confrontación surgida de cambios demográficos, migratorios y culturales en la frontera. El conflicto, según Friedman, emergería orgánicamente de la transformación de Norteamérica, no de un plan mexicano para atacar a Estados Unidos. Es decir, resulta más plausible una guerra civil estadounidense, particularmente en el sur de la Unión Americana por los carteles radicados hace mucho tiempo y que han mexicanizado los principales estados como Texas y California.
El valor de la propuesta de Friedman, como en su momento Robert Pastor y Alain Rouquie, está en advertir que la relación bilateral puede transformarse radicalmente cuando cambien la demografía, la economía y la distribución del poder. La paradoja actual es que una intervención destinada a preservar la hegemonía estadounidense podría acelerar precisamente aquello que Friedman anticipó: una ruptura estratégica entre dos sociedades profundamente integradas. El mayor éxito para Norteamérica no sería conquistar México, sino impedir que la lucha contra el narcotráfico destruya la interdependencia económica, social y geopolítica que constituye la principal ventaja de ambos países.
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