Hay una costumbre del gobierno que consiste en llamar “injerencia” a todo aquello que no conviene. Últimamente el término ha vuelto a ponerse de moda con motivo de la visa de Andrés Manuel López Beltrán. Estados Unidos se la retiró. Y de inmediato se escuchó el coro acostumbrado: ¡injerencismo!, ¡intervención!, ¡ataque a la soberanía!
Pero ¿quién está realmente metiéndose en el plato ajeno?
Porque la lógica más elemental dice lo contrario. Estados Unidos no le está ordenando a México quién debe gobernar, ni qué partido debe ganar, ni qué leyes debe aprobar. Simplemente ha decidido, en ejercicio de su soberanía más primaria, que determinada persona no es bienvenida a su territorio.
El verdadero gesto de coacción viene de este lado. Es el ciudadano mexicano o el discurso que lo acompaña el que pretende imponerle a otro país la obligación de recibirlo. “Mantenme la visa”, viene a decir, encubierto en una carta de ofensa y de adjetivos histéricos.
Ahí está la injerencia. No en el que cierra la puerta de su casa, sino en el que golpea esa puerta exigiendo que se abra porque él así lo dispone.
Marco Rubio lo ha dicho: la visa no es un derecho constitucional. Es un privilegio. Un permiso discrecional que un Estado soberano otorga o retira según su propio criterio. No hay nada más sencillo ni más antiguo en el derecho de gentes. Cada país decide quién entra y quién no. Pretender lo contrario es, en el fondo, una forma bastante peculiar de imperialismo a la inversa: el de quien se siente con derecho a ser aceptado en casa ajena.
No hay ni derecho a discutir si la decisión norteamericana está bien o mal motivada, si hay pruebas o no las hay, si es política o es seguridad. Pero convertir el retiro de un privilegio en “injerencia” es invertir el sentido de las palabras. Es como si el invitado que ya no es recibido acusara al anfitrión de intromisión por no abrir la puerta.
El injerencismo, en este caso, camina en sentido contrario. No es Estados Unidos el que se mete en los asuntos de México. Es el ciudadano que piensa que puede dictarle a Estados Unidos a quién debe dejar pasar. Y eso, no es soberanía.
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