Bienvenidas y bienvenidos. Hace un par de semanas desplegamos el mapa de nuestras metrópolis y dejamos entonces un vuelo programado para mirar algunas de ellas. Hoy ponemos rumbo a Guadalajara y Monterrey.
Desde las ventanillas de nuestro avión cuesta trabajo reconocer dónde termina un municipio y comienza el siguiente. Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá, Tlajomulco, El Salto y otros municipios se han vuelto una sola urbe para sus habitantes, quienes en muchos casos duermen en uno, trabajan en otro y atravesar varios más diariamente.
Jalisco construyó un modelo propio de gobernanza compartida. En Guadalajara, nueve municipios se articulan mediante la Junta de Coordinación Metropolitana, el Imeplan y espacios de participación ciudadana. La experiencia muestra que es posible planear la ciudad más allá de sus límites municipales, aunque también revela sus alcances: los ayuntamientos conservan sus facultades constitucionales y las decisiones comunes dependen todavía de acuerdos y voluntad de coordinación.
Monterrey ofrece otra expresión del mismo fenómeno. Su dinamismo industrial y económico extendió la ciudad sobre Guadalupe, San Nicolás, San Pedro, Santa Catarina, Apodaca y Escobedo, municipios que hoy comparten vivienda, empleo, agua, movilidad e infraestructura. Nuevo León ha respondido con instrumentos de coordinación: su Ley de Asentamientos Humanos distribuye atribuciones entre Federación, estado y municipios y contempla una Comisión de Ordenamiento Metropolitano. Su reforma de marzo de este año, además, obliga a los ayuntamientos a adecuar sus reglamentos a las nuevas disposiciones.
La experiencia de ambas ciudades comienza a mostrarnos algo importante. México tiene instrumentos metropolitanos y existen estados que han avanzado considerablemente.
El municipio libre es una conquista fundamental del federalismo mexicano. El artículo 115 de la Constitución le confiere responsabilidades directamente relacionadas con la vida urbana y permite la coordinación entre municipios. Esa autonomía debe preservarse. Al mismo tiempo, la dimensión alcanzada por nuestras ciudades obliga a construir capacidades para atender problemas que materialmente dejaron de ser municipales. El agua ofrece quizá el ejemplo más sencillo. Una cuenca no termina donde comienza otro ayuntamiento. Tampoco lo hacen el aire, el tránsito o los residuos. Y cuando una familia encuentra vivienda accesible cada vez más lejos del centro, la decisión sobre dónde urbanizar termina afectando carreteras, transporte, escuelas, servicios y tiempo de traslado en toda la metrópoli.
La desigualdad también se desplaza. Para muchas personas el costo de vivir lejos no aparece completo en el precio de la vivienda: se paga todos los días en pasajes, combustible y horas destinadas a llegar al trabajo, estudiar o realizar tareas de cuidado. Por eso necesitamos avanzar hacia una reforma constitucional en materia metropolitana. Entre las propuestas presentadas se encuentra fortalecer la congruencia entre los planes municipales y metropolitanos y establecer mecanismos permanentes para gestionar, operar y evaluar la planeación de estas regiones.
Una reforma de esta naturaleza tendría que reconocer la escala metropolitana sin debilitar al municipio. Planeación vinculante en asuntos compartidos, responsabilidades claramente distribuidas, continuidad institucional, financiamiento y rendición de cuentas pueden formar parte de esa nueva arquitectura.
Después vendrá una tarea igualmente importante en los estados. Cada entidad deberá revisar su Constitución, sus leyes y sus reglamentos para armonizarlos con ese nuevo arreglo. Guadalajara y Monterrey muestran que no partimos de cero. Tenemos instituciones, experiencias y aprendizajes sobre los cuales construir.
Iniciamos el descenso y vuelvo a mirar la carta que llevamos en cabina. Las líneas municipales siguen ahí. Son necesarias para organizar nuestro federalismo, elegir gobiernos y distribuir responsabilidades. Debajo de ellas, sin embargo, la ciudad continúa su recorrido. Quizá ha llegado el momento de que nuestras leyes también aprendan a cruzar esas líneas.
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