Pocas veces como en los últimos días ha quedado tan clara la diferencia entre el pasado y el presente de la llamada Cuarta Transformación. Y resulta particularmente llamativo tratándose de un movimiento tan joven: Morena nació como movimiento hace casi 15 años, obtuvo su registro como partido apenas en 2014 y llegó al poder federal en diciembre de 2018. Es decir, lleva menos de ocho años gobernando México.
Y, sin embargo, dentro de ese periodo relativamente corto comienzan a distinguirse dos etapas cada vez más diferentes entre sí. Por supuesto, hablamos del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, por un lado, y del de Claudia Sheinbaum, por el otro.
La paradoja es que la diferencia quizá no la está haciendo más evidente la propia Cuarta Transformación, sino Estados Unidos.
Simplemente basta con revisar algunos de los nombres que han aparecido en los últimos meses como parte del bando incómodo para Washington: Marina del Pilar Ávila, Juan Francisco Gim y más recientemente Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente y hasta hace poco dirigente de Morena. Todos han sido señalados públicamente por la cancelación de sus visas, hecho confirmado por ellos mismos.
Y por supuesto que hay un caso aún más grave: el de Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa y quien fuera acusado por fiscales estadounidenses junto con otros funcionarios y exfuncionarios de su entidad de presuntamente colaborar con integrantes del Cártel de Sinaloa.
Hay que hacer una precisión indispensable: el retiro de una visa no significa que exista una acusación penal, ni tampoco una acusación penal significa que se haya probado delito alguno. En esa lógica, ninguno de los mencionados, y otros más quienes integran estas listas de “desvisados” y “acusados”, pueden ser considerados en este momento como culpables.
Pero tampoco podemos ignorar la fotografía política que toda esta situación parece estar conformando. Porque la gran mayoría de los nombres más importantes que hoy generan presión desde Estados Unidos, pertenecen al núcleo político construido durante el sexenio de López Obrador e, incluso, creado en torno a su propia figura: gobernadores impulsados por ese movimiento, figuras con cercanía personal al expresidente e, incluso, su propio hijo.
Pero mientras esto ocurre, en el otro extremo de la relación aparece Omar García Harfuch, encargado de la seguridad pública nacional.
Y es que mientras Washington retira visas o acusa a personajes netamente ligados con la etapa anterior de la 4T -el obradorato- uno de los funcionarios más importantes del actual gobierno recibe un respaldo público particularmente fuerte de la agencia estadounidense encargada de combatir el narcotráfico.
Hace apenas unos días, durante una conferencia internacional organizada precisamente por esta agencia -la DEA- su director Terrance Cole, se refirió al secretario mexicano como un “socio de confianza y un buen amigo”.
Las diferencias sin duda son brutales. Y más aún si nos enfocamos en dos personajes en concreto. Mientras Andy López Beltrán pierde su visa y se enfrasca en un intento de batalla con el gobierno de EE.UU., cuya decisión calificó como “politiquera” y “canallada”, García Harfuch recibe el respaldo público de uno de los organismos más importantes de la Unión Americana.
La comparativa viene a colación porque, a inicios de este sexenio, tan pronto salió AMLO del poder, ambos personajes -López Beltrán y Harfuch- fueron considerados como muy probables contendientes internos de Morena para la elección presidencial del 2030.
El pasado y el presente de Morena, caminando actualmente hacia el futuro en direcciones opuestas. Pero es aquí donde surge el dilema para la presidenta. La mandataria no puede -ni tampoco parece querer- romper políticamente con el obradorismo. Por ello, cuando se supo de la cancelación de la visa de López Beltrán, Sheinbaum salió en su defensa, exigió pruebas y acusó una posible injerencia en la política mexicana. Convirtió en asunto personal, un tema político-partidista, esto último, elevando todo el asunto casi a una cuestión de Estado.
Pero mientras utiliza la bandera de la soberanía para cuestionar una decisión soberana de otro país sobre un ciudadano del nuestro, es decir, mientras la presidenta sigue defendiendo el pasado a ultranza, su gobierno está haciendo en los hechos muchas de las cosas que el gobierno pasado evitó, limitó o simplemente miró con enorme recelo.
Coopera más, comparte más inteligencia, mantiene una relación mucho más cercana con los responsables de seguridad y las agencias estadounidenses. E incluso colocó al frente de la estrategia de seguridad nacional, a alguien que no es totalmente del agrado del “pasado” -entiéndase López Obrador y los “duros” de la 4T- pero quien parece gozar de toda la confianza de Washington. Esa es la paradoja.
Claudia Sheinbaum gobierna reivindicando la continuidad de la Cuarta Transformación, mientras buena parte de los problemas políticos que hoy nos llegan desde el norte del hemisferio, tienen su origen en personajes y estructuras heredadas del sexenio anterior. Además, algo resulta claro: EE. UU. no va tras el gobierno de Sheinbaum, sino tras el de López Obrador, aunque el primero sea el único dique de contención para evitar que lleguen hasta el segundo.
Tampoco significa que Estados Unidos siempre tiene razón. Como mencionamos en la entrega anterior: con certeza, no sabemos si toda esta presión sobre México tiene un origen realmente judicial y de búsqueda de la aplicación de la ley, o si se trata de temas políticos y de una intentona injerencista sobre nuestro país.
Pero sí significa algo quizás más complicado: que la presidenta parece estar tratando de corregir en los hechos parte de aquello que todavía está obligada a defender en el discurso. Esto, el actuar actual y el discurso del pasado, es la tremenda disyuntiva que enfrenta Sheinbaum en su todavía joven gobierno.
Sin embargo, conforme avance el tiempo, esta contradicción terminará siendo más difícil de administrar. Porque llegará el momento en que ya no bastará con decir que “todo forma parte de la misma transformación”. Habrá que explicar por qué, siendo el “segundo piso” de la misma transformación, cada vez parece más un periférico, una vialidad nueva…
P.D. López Obrador dijo que solo volvería a la vida pública, entre otras razones, “Si México fuera vulnerado en su soberanía nacional…”. El hijo de López Obrador, en un video recién publicado, habló de una “inminente embestida a la soberanía nacional”. ¿Aviso desde Palenque, acaso?
Nos vemos la próxima semana. Tenemos una cita con el poder.
Agendado.
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