México está viviendo la formación de una nueva sensibilidad geopolítica dentro de la izquierda gobernante. No sería correcto afirmar que Morena es, institucionalmente, un partido antisionista: la posición oficial del Estado mexicano continúa reconociendo tanto a Israel como a Palestina y defendiendo una solución de dos Estados. Pero tampoco puede ignorarse que alrededor del movimiento obradorista ha crecido un ecosistema intelectual, mediático y militante extraordinariamente crítico de Israel, en el que confluyen la causa palestina, el antiimperialismo latinoamericano, el pensamiento de izquierda español y el discurso antisionista de Alfredo Jalife-Rahme.
Jalife ocupa aquí un lugar singular. Su influencia no procede únicamente de sus posiciones sobre Medio Oriente, sino de haber construido durante décadas una explicación geopolítica del mundo basada en la confrontación entre grandes redes de poder. Sus detractores han documentado expresiones que consideran antisemitas y conspirativas. El propio Jalife rechaza esa caracterización y sostiene que sus críticas se dirigen contra Israel y el sionismo, no contra los judíos. Sin embargo, algunas de sus expresiones más recientes —incluidas referencias a jázaros, al Mossad y a supuestas redes de poder— muestran por qué la frontera entre antisionismo, judeofobia y antisemitismo puede volverse peligrosamente tenue.
La segunda influencia es española. La presencia en México de operadores e intelectuales vinculados con Podemos no es una fantasía política. Diversos medios han documentado la expansión consultorías fundadas por Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias, antiguos dirigentes de Podemos, en la política mexicana, así como la relación con dirigentes de Morena. Esto no demuestra que exista una conspiración española para convertir a Morena en un partido antisionista. Sí demuestra, sin embargo, que hubo una transferencia real de lenguajes, técnicas y marcos interpretativos entre la nueva izquierda española y el populismo latinoamericano.
La tercera corriente es mucho más amplia: la solidaridad con Palestina. Después de la guerra de Gaza, las movilizaciones mexicanas se multiplicaron. En 2026 se han producido nuevas marchas en Ciudad de México y convocatorias simultáneas en diversos estados. Una parte considerable de sus participantes actúa desde una preocupación legítima por las víctimas civiles y el derecho palestino a la autodeterminación.
El problema comienza cuando esa causa deja de ser defensa de los palestinos y se convierte en una explicación total del mundo: Israel como encarnación del colonialismo, Estados Unidos como su instrumento y el sionismo como una conspiración planetaria. Entonces la crítica a un gobierno democrático concreto se transforma en sospecha hacia una identidad colectiva.
Ése es el punto que México debería discutir serenamente. Se puede condenar la conducta de Netanyahu sin demonizar a los judíos; defender Palestina sin negar la legitimidad de Israel; y criticar al sionismo sin convertirlo en una teoría conspirativa.
La paradoja es que México, precisamente por su extraordinaria diversidad histórica, debería ser capaz de hacerlo mejor. Una potencia norteamericana del futuro no puede construirse desde el odio identitario, venga de la derecha nacionalista estadounidense o de la izquierda antisionista mexicana.
La cuestión de fondo no es si México debe ser pro-Israel o pro-Palestina. Es si puede desarrollar una política exterior suficientemente madura para defender los derechos palestinos sin importar categorías raciales o conspirativas a la política mexicana.
El juventicidio e infanticidio que ha tenido la guerra contra el narcotráfico en nuestro país, también debería recibir la misma atención de los populistas progresistas e, incluso, la comprensión hacia las madres palestinas también tiene que ser dirigida a las madres de los desaparecidos en nuestro país.
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