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Juego de OjosOpinión

La letra que faltaba

Miguel Ángel Sánchez de Armas
Por Miguel Ángel Sánchez de Armas Publicado agosto 21, 2026 9 Min de lectura
Foto especial
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El miércoles 24 de agosto de 1887 fue un día soleado en la capital de la República. En la señorial plaza de Santo Domingo en el corazón de la ciudad, las palomas daban cuenta de las briznas entre el empedrado sin que las interrumpieran ni los paseantes ni el rumor de los evangelistas que en los portales escribían a tinta cartas de amor, actas judiciales o peticiones a la autoridad.

Poco antes del mediodía, un sonar de ruedas de hierro sobre los adoquines de la calle de Sepulcros de Santo Domingo -entre la plaza y el edificio de la Aduana-, anunció la presencia de carruajes que se estacionaron a las puertas del antiguo Palacio de la Inquisición, sede de la Escuela Nacional de Medicina, en donde tendría lugar un examen profesional insólito. 

De la calesa principal descendió, solemne y hierático como era su porte habitual, el presidente Porfirio Díaz. Estaba a la mitad de su segundo mandato y ni los ministros, ni los funcionarios y menos los periodistas que lo acompañaban, podían imaginar que el recio militar apenas daba los primeros pasos de su larga dictadura. 

Que el presidente acudiera al examen profesional de alguien ajeno a su familia era todo un acontecimiento. Que su presencia tuviera por objeto garantizar que el examen pudiera celebrarse, extraordinario. Y que la sustentante fuera una mujer, un episodio nunca antes visto en México. 

La candidata al título se llamaba Matilde Petra Montoya Lafragua y había cursado la carrera de medicina con notas sobresalientes, pero el reglamento de la escuela hablaba de “alumnos” y nadie había previsto la posibilidad de una “alumna”. La diferencia de una letra bastaba para cerrar una puerta que sólo la más alta autoridad podía abrir. 

El interés de Díaz en el caso permite asomarse a una faceta poco conocida del dictador: el déspota pertenecía a una generación liberal que veía en la educación, la ciencia y las profesiones, instrumentos indispensables para sacar al país del atraso. Durante su régimen se multiplicaron las discusiones sobre pedagogía, se impulsaron escuelas normales y congresos de instrucción y, bajo la dirección de hombres como Justo Sierra, comenzó a tomar forma un sistema educativo que culminaría en 1910 con la fundación de la Universidad Nacional. 

No hace falta convertir a Díaz en feminista avant la lettre para entender su intervención a favor de Matilde Montoya: bastaba con que reconociera en aquella joven obstinada algo que el Porfiriato apreciaba mucho: el mérito individual acreditado por el estudio. El problema era que, en este caso, el mérito venía vestido de mujer y los reglamentos todavía no sabían qué hacer con él.

La historia nos habla de una mujer excepcional. Matilde nació en la Ciudad de México en 1859. Muy joven estudió obstetricia y obtuvo el título de partera. Ejerció en Puebla y tras adquirir experiencia y clientela, decidió continuar sus estudios en la Escuela Nacional de Medicina, pero se enfrentó a un obstáculo que era parte del orden establecido: los reglamentos hablaban de “alumnos”, no de “alumnas”. 

En vez de aceptar con cristiana y femenina resignación su lugar en la sociedad, se fajó y dio la pelea por sus derechos. En algún momento, no sé cómo o cuándo, logró que el presidente Díaz conociera su caso, y éste intervino: la escuela tenía que aceptarla, aunque fuera “alumna”. Sospecho que los magísteres confiaron en que la chamaca sería incapaz de transitar por la anatomía descriptiva, la fisiología, la patología y la clínica médica o que se desmayaría en las prácticas de cirugía en cadáveres desviados de la fosa común al anfiteatro de la escuela.

Nada de eso sucedió. Pero cuando Matilde aprobó los créditos con excelencia, las autoridades, con fingida congoja, le informaron que apreciaban su empeño, pero que los títulos profesionales sólo se podían otorgar a “alumnos”. Las crónicas no dicen si Matilde alzó la voz o lanzó una mirada de desprecio a las autoridades. Lo que sabemos es que acudió de nuevo a Porfirio Díaz y el presidente no sólo intervino de nuevo, sino que anunció que estaría en el examen para asegurar que su instrucción fuera cumplida. Imagino que ya en ese momento se sabía cuál era el destino de quienes caían en desgracia con el dictador.

La escena de la graduación de Matilde el 24 de agosto de 1887 encierra además una ironía: la primera mexicana que se titulaba en medicina defendió su examen en los salones que albergaron al tribunal de la Inquisición, la feroz instancia que durante siglos dictó qué era lo permitido y qué era lo prohibido para un pueblo cuyo sino era callar y obedecer.

Encuentro en la vida de Matilde Montoya un paralelismo sorprendente con otra mujer de su tiempo, Olive Schreiner, la escritora sudafricana. Y no sólo en los rasgos físicos. Schreiner, nacida cuatro años antes que Matilde, viajó a Inglaterra en 1881 con el propósito de estudiar medicina en la escuela para mujeres fundada por Elizabeth Garrett Anderson y Sophia Jex-Blake, pero su mala salud la hizo desistir. Publicó La historia de una granja africana y se convirtió en una de las voces mayores de la emancipación femenina en su país. Matilde siguió otro camino: consiguió permanecer frente a los libros de anatomía hasta que le permitieron presentar el examen que los reglamentos no habían previsto para una mujer. Y fue un ejemplo en el camino a la igualdad de las mujeres en México. Dos rostros semejantes, dos mujeres casi de la misma edad, en extremos distintos del mundo, mirando hacia una profesión que todavía era territorio de bandera masculina.

Así, Matilde se tituló de médica con Porfirio Díaz como testigo. Hoy recuperamos con facilidad el episodio, lo difícil es reconstruir el mundo en que ocurrió: un país en donde una mujer que sobresalía se topaba con una palabra escrita en masculino como obstáculo casi insalvable.

Díaz aparece en nuestra memoria rodeado de generales, gobernadores, hacendados y científicos, gobernando con mano de hierro. Pero aquel miércoles de agosto empleó el poder presidencial para resolver un problema que debió solucionar un funcionario escolar: permitir que una estudiante capacitada presentara un examen.

No fue, desde luego, el dictador el de la hazaña. Quien insistió, escribió, superó cada negativa y abrió finalmente las puertas fue Matilde Montoya. A su muerte en 1938 México era otro país y las mujeres habían comenzado a ocupar espacios profesionales que parecían vedados, pero la mejor medida de la distancia recorrida la encontramos en el cambio de una letra en aquella palabra diminuta que un reglamento no sabía cómo admitir: no decía “alumnas”. Matilde Montoya consiguió que, a partir de entonces, hubiera que empezar a reescribir más que los reglamentos, la presencia de las mujeres en la sociedad mexicana.

21 de agosto de 2026

*[email protected]

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