Durante los programas televisivos en Canal Once: Sacro y Profano; y Los Periodistas, se ha analizado, cien años después, el inicio de la Guerra Cristera, Vuelve la pregunta: qué significa recordar aquel conflicto.
La pregunta no debería limitarse a establecer quién tuvo la razón entre el gobierno de Plutarco Elías Calles y la jerarquía católica.
Hay una cuestión contemporánea más incómoda: ¿quién necesita hoy recuperar esa memoria y para qué?
México continúa siendo mayoritariamente católico.
El Censo de 2020 registró que 77.7% de la población declaró esa religión. Pero el dato nacional oculta diferencias regionales importantes.
Guanajuato, Jalisco, Michoacán y Zacatecas mantienen proporciones católicas superiores al 88%, mientras que en otras entidades la población católica es considerablemente menor.
Esto permite plantear una primera hipótesis: la memoria cristera no necesariamente tiene el mismo significado político en todo México.
El problema comienza cuando una memoria religiosa deja de ser solamente histórica y empieza a funcionar como identidad política.
Para demostrar que esto está ocurriendo no basta con encontrar obispos hablando de la Cristiada, ni organizaciones católicas celebrando a sus mártires.
Es necesario observar qué símbolos se recuperan, qué enemigos contemporáneos se asocian con ellos, qué actores promueven esa memoria y qué objetivos políticos aparecen vinculados a su utilización.
El centenario de la Guerra Cristera puede estar generando una oportunidad para que determinados sectores conservadores transformen una memoria religiosa regional en un recurso de movilización. La propia Conferencia del Episcopado Mexicano afirma que su conmemoración no pretende exaltar la violencia ni poner la memoria al servicio de ningún proyecto político o partidista.
Incluso reconoce que durante el conflicto hubo cálculos políticos, decisiones equivocadas y responsabilidades dentro de la propia Iglesia.
Por tanto, sería insuficiente afirmar que la jerarquía simplemente está manipulando la memoria.
Si la memoria cristera permanece limitada a actos religiosos, peregrinaciones, conferencias y homenajes históricos, tendremos evidencia de una recuperación de la memoria religiosa, pero no necesariamente de una operación política.
En cambio, si comienzan a observarse —la identificación de adversarios políticos contemporáneos con los enemigos históricos de la Iglesia, la utilización de símbolos cristeros en campañas o movimientos políticos y una concentración de esa movilización en regiones de alta población católica— aparecería evidencia más sólida de una transformación de la memoria religiosa en identidad política.
Una conmemoración puede fortalecer la autoridad pública de la jerarquía eclesiástica, pero también puede beneficiar a organizaciones conservadoras, movimientos de derecha o actores políticos que busquen presentarse como defensores de una tradición religiosa amenazada.
Por eso, el centenario de la Cristiada debería estudiarse menos como una disputa sobre el pasado y más como un experimento sobre el presente.
La pregunta no es solamente quién ganó aquella guerra, sino quién puede obtener poder político al decidir qué significa recordarla cien años después.
La evidencia tendrá que encontrarse fuera de los discursos conmemorativos: en los patrones de movilización, los mensajes políticos, las organizaciones participantes, la distribución territorial y, sobre todo, en la respuesta de los propios ciudadanos.
Felipe Gaitan, Fernando M. González y Roberto Blancarte coinciden en que la alta jerarquía católica siempre ha manipulado los procesos sociopolíticos para debilitar al Estado Mexicano; este reconocimiento también debería formar parte del balance histórico.
La Iglesia Católica ha sido enemiga sistemática del Estado Mexicano y su desarrollo liberal; ahora, en los malabares de la Cuarta Transformación, el juego eterno del poder invisible se aparece para inhibir la modernización nacional.
Es extraño que, en este centenario, la Iglesia Católica sea una de las protagonistas en las campañas de desarme que establece el gobierno federal y la presidenta Sheinbaum solicité la visita del Papa León XIV a México.
La influencia de Benito Juárez en la Cuarta Transformación ha sido disminuida en una forma increíble que sólo explica el conservadurismo revolucionario progresista populista de los tiempos actuales.
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