Rara vez, en alguna sobremesa de la mayoría de las familias mexicanas, alguien se interesa en hablar del Poder Judicial. No porque sea un tema menor. Más bien porque suena a recinto cerrado, a pasillo de mármol, a conversación de gente que no se sienta a comer con uno.
Confieso, sin rubor de sociólogo, que en cada oportunidad sigo preguntando, entre el café y el pan, si la gente sabe qué hace el Poder Judicial. No pregunto a distraídos. Pregunto a profesionales, a lectores, a personas que distinguen un Van Gogh de un calendario. Y la respuesta, con una regularidad que ya da tristeza, es un silencio educado. Saben que “hay ministros”. Saben que “andan de toga”. No saben que ese poder existía para una situación muy casera: entre otras cosas, para que la policía no se inventara delitos, para que el ministerio público no convirtiera una carpeta en destino, para que el presidente, el gobernador, el diputado y el senador no confundieran la ley con el permiso de hacer lo que quieran.
Ahí estuvo el primer fallo del Poder Judicial. El Poder Judicial se acostumbró a hablar en tesis, en considerandos y en “resultandos”. Y el pueblo, que no está obligado a ser procesalista, se quedó fuera.
De los que ahora están en el poder hay que aprender, al menos, una virtud: nombran las cosas para que se entiendan. El Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado no necesita nota al pie. El título ya es un programa, una esperanza y, si se quiere, una consigna. La gente no solo lo comprende: le inspira. En cambio, “Poder Judicial Federal” suena a escalinata, a campana lejana, a edificio que se visita de puntillas. Muy digno. Muy opaco. Muy “usted no entre”.
Por eso, aunque el título sea poco ortodoxo y le dé urticaria a cualquier académico, yo pondría en la fachada algo que quepa en una sobremesa:
Poder que no permite que el presidente, los gobernadores, los diputados, los senadores, la policía y el ministerio público, rompan la ley, y resuelve controversias.
Feo, sí. Largo, también. Pero claro. Dice lo esencial: que ese poder controla al presidente, controla al Congreso y no puede ser parte de ellos, porque los pesos se inventaron precisamente para no caber en una sola mano. El equilibrio de poderes no es un adorno constitucional. Es la única manera de que la ley no tenga dueño.
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