Hay una tragedia silenciosa en la política mexicana cuando los hombres que prometieron redimir a la patria terminan devorados por los mismos abismos que juraron destruir.
Al mirar el país bajo la administración de Claudia Sheinbaum, la lectura de obras fundamentales de la literatura mexicana como La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El gesticulador de Rodolfo Usigli dejan de ser un ejercicio escolar para convertirse en una lección de dolorosa vigencia.
Fuentes nos legó el retrato de ese operador endurecido por el pragmatismo y la traición, mientras Usigli, a través de César Rubio, magistralmente expuso al gran farsante que adopta una máscara de honradez para encubrir la ambición más vulgar.
Hoy, esas dos figuras literarias cobran vida en las más altas esferas del régimen, donde la promesa ética del cambio se estrella contra la cruda realidad de la simulación.
Durante años se machacó una premisa fundamental que encarnaba la esperanza colectiva: no robar, no mentir y no traicionar. Se diagnosticó con acierto que la corrupción era el cáncer histórico de México, el mal estructural que vaciaba las instituciones y condenaba a la miseria a millones de ciudadanos. Sin embargo, el ejercicio del poder terminó por revelar la fragilidad de los dogmas.
La gran contradicción moral de nuestro tiempo radica en que los hijos y herederos políticos del fundador del movimiento cargan hoy el peso exacto de aquello que se prometió erradicar.
Aquella pureza discursiva se ha visto socavada por escándalos de enriquecimiento, contratos ventajosos y una red de privilegios que muestra cómo el poder, cuando no se somete al escrutinio democrático, corrompe implacable a quienes lo heredan.
Esta degradación institucional encuentra una explicación profunda en el pensamiento del historiador Arnaldo Córdova, quien al estudiar las entrañas del viejo partido hegemónico advirtió con rigor que la corrupción no era un accidente aislado, sino el pegamento orgánico de un sistema sustentado en el reparto de prebendas y el servilismo.
Córdova explicaba que cuando el Estado se convierte en el botín de una camarilla, los ideales de justicia social se degradan hasta volverse retórica vacía, y como el PRI operaba como una maquinaria de complicidades donde la lealtad incondicional sustituye a la ley.
Lo trágico es presenciar cómo esas mismas estructuras clientelares y de impunidad, que tanto costó denunciar desde la oposición, se reciclaron bajo nuevos ropajes, demostrando que el régimen actual ha heredado los peores hábitos del sistema que prometió sepultar.
El resultado es un doloroso teatro político donde la realidad contradice permanentemente a los discursos oficiales.
Como en la obra de Usigli, la máscara de la honestidad oculta una trama de beneficios personales y amiguismos que agravian la conciencia de la sociedad.
Mientras desde los púlpitos del Estado se predica la regeneración moral, en la trastienda del poder se tolera que los círculos más cercanos al liderazgo histórico acumulen riquezas inexplicables y operen con una impunidad insultante.
La consigna de no robar se desvanece entre las sombras de un pragmatismo cínico que reduce la política a la protección de los intereses familiares y de grupo.
Para una sociedad atrapada entre la desilusión y la esperanza, el dilema actual es de una profundidad ética ineludible.
Si los protagonistas de Carlos Fuentes y de Rodolfo Usigli terminaron consumidos por su propia farsa, la élite gobernante camina hacia el mismo paredón de la historia.
Ningún régimen puede eludir indefinidamente el juicio severo de la verdad, porque cuando el poder olvida sus principios fundacionales y se convierte en el refugio de los privilegios, la máscara inevitablemente cae y deja al desnudo la más profunda de las traiciones infligidas a la fe pública.
Únete al canal de WhatsApp de El Independiente y recibe las noticias clave del día, análisis y últimas actualizaciones directamente en tu celular.

