La historia del nazismo y el comunismo muestra que las formas de violencia y control social que ejercieron estos modelos, en momentos de crisis profunda y transformación social, lograron consolidar regímenes que, a su vez, impulsaron avances tecnológicos, científicos y económicos en ciertos aspectos. Sin embargo, también dejaron un legado de destrucción, autoritarismo y violaciones sistemáticas de derechos humanos. ¿Está siguiendo el narcotráfico en América Latina, especialmente en México y Colombia, una ruta semejante? La reflexión respecto si estas organizaciones criminales pueden, en algún sentido, seguir una lógica similar, en el marco de modernidad reaccionaria es interesante. George Friedman ha establecido uno de los estudios futuristas más importantes al respecto.
Los narcotraficantes, en su esencia, no buscan un proyecto político formal ni un sistema ideológico coherente como sí lo hicieron los movimientos totalitarios del siglo XX. Sin embargo, sí ejercen un control social, territorial y económico en muchas regiones, en donde sustituyen o desafían la autoridad del Estado, creando sus propias reglas de poder, justicia y violencia. La capacidad de estas organizaciones de concentrar, enfocar y centralizar recursos, armas y actores sociales, las asemeja en ciertos aspectos a las estructuras autoritarias y totalitarias que emergieron en contextos de crisis profunda. En ese sentido, los narcotraficantes podrían ser considerados actores que, en un escenario de colapso o debilitamiento estatal, ejercen una forma de poder que, si bien no es una modernidad en el sentido clásico, sí representa una respuesta autoritaria y reaccionaria a la desestructuración social.
Además, la búsqueda de asimilarse a Estados Unidos, en términos de tecnología, logística y estrategias de mercado, confirma que estos actores están en una dinámica de adaptación y modernización pragmática. La innovación en la producción, el transporte y la distribución de drogas, así como la incorporación de nuevas tecnologías de comunicación y vigilancia, muestran que el narcotráfico también impulsa una forma de modernidad, aunque orientada a la ilegalidad y a la violencia. Esto es similar a cómo los movimientos reaccionarios del pasado promovieron avances en armamento, ciencia y organización social para consolidar sus regímenes, aunque con fines opresivos.
Desde una prospectiva elemental, si los narcotraficantes logran consolidar su poder y proyectarlo en un escenario de fragmentación del Estado, podrían convertirse en actores que, en cierto sentido, representan una forma de modernidad reaccionaria. Es decir, una modernidad que, ante la incapacidad del Estado de proveer seguridad, justicia y bienestar, se impone en la sombra, promoviendo un orden autoritario, violento y excluyente. En ese escenario, la violencia que ejercen no solo destruye rivales y enemigos, sino que también desmantela los tejidos sociales, los colectivos que buscan justicia y derechos, y las instituciones democráticas. En el proceso también anulan elementos retardatarios de su liberalismo pragmático y salvaje.
Los narcotraficantes y la modernidad reaccionaria que surge de la desorganización, que se impone por la fuerza y que, en su lógica, busca consolidar un orden propio, excluyente y violento, está obligando a México para romper el proyecto civilizatorio de la Hispanidad y aproximarse, de un modo u otro, a la realidad anglosajona del progreso irracional y desmedido.
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