México no necesita preguntarse si puede destruir el narcotráfico. Esa batalla, planteada en esos términos, está perdida desde el principio. Ningún Estado moderno ha conseguido eliminar por completo los mercados criminales. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿puede México disminuir el poder de la República mafiosa hasta devolverle al Estado el control efectivo de su territorio, sus instituciones y sus decisiones políticas?
La respuesta, a diferencia de años anteriores, empieza a ser: sí. Pero no será rápido, ni sencillo, ni dependerá exclusivamente de capturar capos. Porque una República mafiosa no se construye solamente con asesinatos. Se construye con control territorial, extorsión, corrupción, lavado de dinero, tráfico de armas, complicidades políticas y captura de instituciones.
Algo está cambiando en la estrategia de seguridad de Claudia Sheinbaum. Sin abandonar el discurso de atención a las causas sociales, el gobierno ha colocado en el centro la inteligencia, la investigación criminal, la coordinación de las fuerzas federales y la persecución de objetivos prioritarios. El papel de Omar García Harfuch simboliza ese viraje. No puede soslayarse la cooperación con Estados Unidos.
La cooperación con Estados Unidos forma parte de esta nueva ecuación. Harfuch mantiene una relación cada vez más estrecha con la DEA, y México ha intensificado el intercambio de información y la colaboración contra el narcotráfico y el tráfico de armas. Pero existe una línea que Sheinbaum insiste en preservar: cooperación sí, subordinación no. Es una distinción fundamental.
Estados Unidos puede aportar inteligencia, tecnología y capacidad de investigación financiera. México debe aportar territorio, instituciones y capacidad operativa. La responsabilidad última, sin embargo, tiene que permanecer en manos mexicanas.
No se trata solamente de derrotar delincuentes; se trata de hacer que el Estado vuelva a ser más poderoso, más confiable y más permanente que la organización criminal. Por eso el verdadero cambio de estrategia consiste en entender que al crimen organizado no basta con perseguirlo: hay que quitarle las condiciones que le permiten reproducirse. Sheinbaum tiene una oportunidad histórica. Puede consolidar una política de seguridad basada en inteligencia y resultados sin repetir los errores de la guerra abierta contra los cárteles.
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