Nunca comprendí por qué Aldo Rendón aparecía “hasta en la sopa”. Eran los primeros años del 2000. Yo trabajaba como editor de Política en la revista Quién y, en cada ejemplar, su rostro se mostraba retratado en los eventos más relevantes de los socialités de moda. Desde las reuniones en Monterrey de la rubísima Liliana Sada Melo —una de las herederas de Grupo Vitro—, hasta las señoras fiestas en Beverly Hills de Eugenio López Alonso —heredero de Grupo Jumex.
¿Pero quién es Aldo Rendón? —les preguntaba con duda genuina a mis compañeras editoras de Sociales. “Pues el amigo de todos”, “El amigo de Liliana”, “Es amigo de Yolanda Andrade”… A principios del milenio Aldo Rendón no tenía currículum y mucho menos abolengo. Sin embargo, ahí estaba. La razón la comprendí muchos años después con las reflexiones del sociólogo francés Pierre Bourdieu que, traducido en lenguaje para guapos, sentenció: la corte en la monarquía siempre necesita un bufón.
A simple vista la figura del bufón puede reducirse en algo peyorativo, pero, en los siglos pasados gozaba de privilegios como poder decir verdades y criticar al poder sin sufrir castigos. Por eso los monarcas los querían, porque los hacían reír de sí mismos. O de otros. Pero los hacían reír. Y desde entonces como hasta ahora la risa es un conector emocional poderosísimo. Ya lo dijo mi querida Ángeles Mastretta en su libro El viento de las horas: “La gente que uno más quiere es la que lo hace reír”.

Por eso los cómicos han tenido programas memorables en la televisión abierta. Por eso los payasos (cada vez más para adultos que para niños) llenan auditorios con su show subido de tono. Por eso los standuperos se pusieron de moda. Por eso Aldo Rendón llegó a “La casa de los famosos México” (2026). Por la risa. Por la catártica y bendida risa que, en muchos de los casos mencionados, no cumple los cánones de lo políticamente correcto.
Aldo Rendón es de esos. A todos nos consta que desde que el sinaloense puso el primer pie en el reality show de Televisa dejó claro que era el personaje funable de la temporada, ese que decía lo que muchos piensan o lo que algunos jamás se atreverían a decir. Su especialidad no era necesariamente entretener: era provocar incendios verbales. Y eso, en tiempos de indignación instantánea, tiene un valor casi subversivo.
El stylist de las ricas y famosas comprendió algo que muchos participantes del reality olvidaron: el entretenimiento no siempre nace de caer bien; a veces nace de provocar. Y Aldo Rendón provocó de todo: diversión, indignación, repulsión, compasión… Su agilidad mental era quizá su principal virtud. No necesitaba un guion de producción para generar una escena. Demostró ser el rey (o la reina) de la improvisación. Le bastaba una observación, una mirada, un chiste o hasta un silencio incómodo y lanzaba una frase con esa capacidad para conectar ideas antes de que los demás terminaran de procesar la anterior.
Lo que, desde mi punto de vista, hacía más provocador al personaje, era el maremoto de contradicciones que habitaban en él: criticaba los cuerpos de sus víctimas, pero Aldo Rendón nunca vio la campaña de “Chécate. Muévete. Mídete” del gobierno de Peña Nieto; criticaba la situación económica de su interlocutor, pero luego confesó que venía de la cultura del esfuerzo; criticaba el mal gusto de quien se le pusiera enfrente, pero su estilo no estaba precisamente en el apartado del buen gusto.
Sólo a través de la observación 24/7 se comprende que Aldo Rendón no es un personaje de una sola pieza. Es un personaje con piezas que a veces ni siquiera embonaban. Pero, insisto, provoca. En una televisión cada vez más cuidadosa de no pisar callos, Aldo parecía disfrutar precisamente de pisarlos. No necesariamente para darle picones a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, sino porque le aflora en automático ese personaje que le ha abierto las puertas hasta de la Residencia Oficial de Los Pinos (con Angélica Rivera).
Haciendo honor a la verdad, esa misma transgresión fue la que lo convirtió rápidamente en un consentido de La Casa, pues producía una especie de catarsis colectiva en los espectadores. Es como si hubiera algo liberador en verlo decir groserías, exagerar, ironizar, burlarse, contradecirse, mentar la madre… El público podía indignarse con Aldo, reírse con Aldo, defender a Aldo, cancelar a Aldo, pero difícilmente podían ignorarlo. Y ese es el verdadero valor en un personaje del entretenimiento: la atención permanente.
Por eso su salida de “La Casa de los Famosos México” (por un tema de salud) deja un hueco particular. No se trata solamente de que un habitante haya abandonado la competencia. Desde mi opinión, se va una de las válvulas de escape del programa. Lo irónico es que el artífice del funeral de lo políticamente correcto acabará siendo extrañado. Después de dos décadas, por fin, encontré la respuesta de ¿quién es Aldo Rendón? El funable que terminará siendo inolvidable.
*@betotavira
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