Javier Sicilia/ Proceso
Los análisis con los que suele abordarse el colapso político y social que atraviesa México –por no hablar del mundo– se hacen desde categorías que provienen de la historia, de las ciencias sociales y de la ética. Se ha dejado, sin embargo, de lado la parte más importante: el colapso del lenguaje. Las calamidades que vivimos y que describen esos análisis –pérdida del sentido del Estado y de la democracia, resurgimiento de los populismos, descrédito de las instituciones, ocultamiento de información, malversaciones de la verdad, polarización, caos…– tiene que ver fundamentalmente con la reducción del lenguaje a un mero instrumento de comunicación que, bajo la emergencia de la digitalidad, ha ido perdiendo de manera cada vez más acelerada sus capacidades significantes.
Contra lo que la era industrial y la era digital enseñan, el lenguaje no es ni una herramienta ni un sistema para transmitir información o etiquetar contenidos. Es la casa común, el lugar de lo humano o, para decirlo con Heidegger, “la casa del ser”. Mediante el lenguaje las cosas que nos rodean adquieren significado, se manifiestan. Fuera del lenguaje el mundo permanece oculto, sumido en las tinieblas del caos. Todo lo que sabemos del mundo; todo el saber que permite a los analistas describir y hablar del colapso civilizatorio es futo del lenguaje, es decir, de milenios y siglos en los que a fuerza de nombrar la realidad y conversar sobre ella el ser humano ha edificado su casa común.
En este sentido habría que decir que el lenguaje nos antecede: nacemos inmersos en él, existimos dentro de él. No sólo nos revela el ser de las cosas, sino que sus complejas significaciones sobre la verdad, la justicia, la convivencia, la paz, y sus contrarios nos permite discernir y sentirnos en casa. Por lo mismo, dice Heidegger, no somos dueños de él, sino sus guardianes. El cuidado del lenguaje y sus significados es lo que permite que la casa sea y permanezca habitable.
Desde el siglo XIX, el lenguaje del racionalismo científico y su vínculo con la técnica que no busca el ser de las cosas, sino medir, dominar y transformar la naturaleza en un mero recurso explotable, se desincrustó del complejo entramado de la lengua, y la vida adquirió sentido sólo a partir de su utilidad. Roto el lenguaje, reducido a una mera herramienta comunicativa que manipula las cosas, la casa del ser y el ser mismo se volvieron pura instrumentalidad al servicio de fines productivos que se asociaron con el bienestar material, una perversión de la felicidad. A partir de entonces, la vida social y política comenzó a girar en torno de ideologías que manipulando el lenguaje se propusieron como el mejor camino para la realización de ese bienestar. Todo el siglo XX –sus desarrollos industriales, sus revoluciones y guerras, cobijadas bajo el manto del liberalismo, el comunismo, el fascismo y sus múltiples derivaciones– no fue más que la expresión de un lenguaje humillado que instrumentalizó el mundo en función de una abstracción llamada “prosperidad”, “abundancia”, “bienestar”. Lo que Max Weber llamó el “desencantamiento del mundo” fue su ocultamiento, su reducción a un mecanismo predecible, calculable y utilizable ideológicamente.
Con el desarrollo de la digitalidad y el fracaso de las ideologías históricas, el lenguaje, que aun guardaba ciertos vestigios de significación, colapsó. Vacío de contenido, las palabras han comenzado a significar cualquier cosa según quien las dice o las escucha. La que mejor lo caracteriza es la palabra “populismo”, un término tan vago e impreciso como el que actualmente tiene la palabra “democracia”. Ambos se aplican a fenómenos muy distintos y opuestos. Como una amiba se adhieren no sólo a cualquiera de las ideologías históricas del pasado, sino a las más nuevas y estrafalarias como el llamado “wokismo”. Carentes ya de significación propia, pero habitadas por el utilitarismo al que el racionalismo redujo el mundo, ambos términos son el espejo del colapso del lenguaje. Creyendo dominar el lenguaje mediante la comunicación, lo volvimos una logorrea sin fin ni dirección cuyo único objetivo es seducir (conducir a alguien fuera del camino) ofertando panaceas imaginarias al servicio de todo tipo de deseos y opiniones que asociamos con la felicidad y la libertad.
Al separarlo de sus raíces significantes y morales; al utilizarlo para fines utilitarios y contaminarlo de eslóganes efectistas y definiciones acríticas, el lenguaje ya no es capaz de expresar la cultura y la civilidad que durante siglos hizo florecer lo humano. Claudia Sheinbaum es un buen ejemplo por su exposición pública. El lenguaje que utiliza en sus conferencias matutinas –tan pobre, anacrónico, lleno de contradicciones, mentiras, descalificaciones, redundancias y clichés moralinos como el de su antecesor, el de la clase política y el que corre por las redes sociales– no está destinado ni a comunicar las verdades urgentes de la vida nacional ni a agilizar la inteligencia de sus oyentes, sino a malversar sus significados, banalizar la vida y pervertir la realidad.
Cuando ante el crecimiento brutal de la violencia, la presidenta dice que los homicidios y masacres disminuyen; cuando ante el horror de las desapariciones maquilla cifras y niega la existencia de crímenes de lesa humanidad; cuando utiliza todo tipo de eufemismos para ocultar la realidad y corrompe la palabra “soberanía” para encubrir criminales; cuando la oposición, tan responsable como Morena de la tragedia del país, se lo recrimina con la hipocresía de las buenas conciencias; cuando en los medios de comunicación todo es noticia con el mismo rango de importancia, es que el lenguaje y la vida de una comunidad ha llegado a un estado peligroso de descomposición y se ha vuelto inhabitable.
Frente a ello, hay que preguntarse si seremos todavía capaces de devolver algún grado de significación a la palabra y evitar que nuestra casa común sea la pocilga donde habita el llanto y el crujir de dientes.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.
Opinión publicada en la edición 38 de la revista Proceso correspondiente a agosto.
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