Este 4 de septiembre el Metro de la Ciudad de México cumple 57 años. La fecha invita a recordar su historia, pero también obliga a mirar de frente su futuro.
Desde aquel primer recorrido de la Línea 1, entre Chapultepec y Zaragoza, el Sistema de Transporte Colectivo se convirtió en una infraestructura indispensable para la capital y, con el paso del tiempo, para toda la Zona Metropolitana del Valle de México. Hoy suma 12 líneas, 195 estaciones y 226 kilómetros de red. Solo en 2025 se realizaron más de mil 241 millones de viajes.
Las cifras hablan por sí mismas: el Metro no es un servicio más. Es una pieza central de la vida económica y social de la ciudad. Millones de personas dependen de él para llegar al trabajo, a la escuela, a una consulta médica o regresar a casa. También es una de las herramientas más eficaces para reducir tiempos de traslado, congestionamiento vehicular y emisiones contaminantes.
Por eso, celebrar su aniversario únicamente con nostalgia sería insuficiente.
A 57 años de su inauguración, el gran desafío del Metro es garantizar los recursos necesarios para conservar, modernizar y ampliar una red que todos los días opera bajo una enorme presión.
Y aquí hay una realidad que debemos discutir con seriedad: aunque el Metro es administrado por el Gobierno de la Ciudad de México, sus beneficios rebasan ampliamente sus límites territoriales.
Pantitlán, Indios Verdes, Ciudad Azteca, Cuatro Caminos y La Paz son puntos de conexión cotidiana para miles de habitantes del Estado de México y de municipios conurbados. El Metro es, en los hechos, una infraestructura metropolitana, pero su sostenimiento continúa descansando principalmente en el presupuesto de la capital.
Ese modelo debe evolucionar.
Desde la Cámara de Diputados debemos impulsar una partida federal específica y permanente para el Metro, acompañada de mecanismos claros de transparencia, planeación técnica y evaluación de resultados. También es momento de construir convenios de aportación con las entidades que se benefician directamente de su operación.
No se trata de quitar responsabilidades a la Ciudad de México ni cargar la mano al Estado de México. Se trata de reconocer que mantener en funcionamiento una red de esta dimensión exige corresponsabilidad.
Los recursos deben traducirse en mantenimiento preventivo y correctivo, renovación de trenes y vías, modernización de sistemas eléctricos, comunicación y seguridad, rehabilitación de estaciones y, eventualmente, en la ampliación de la red hacia las zonas donde los traslados siguen siendo más largos y costosos.
Invertir en el Metro no es un gasto. Es invertir en productividad, seguridad, igualdad social y calidad de vida. Cada falla que se evita, cada tren que se renueva y cada estación que funciona adecuadamente impactan directamente en la vida de millones de personas.
También debemos reconocer a quienes sostienen diariamente esta infraestructura: conductores, técnicos, personal de mantenimiento, seguridad y estaciones. Cerca de 5 mil 800 mujeres forman parte de su plantilla laboral; 661 conducen trenes y 124 realizan labores de mantenimiento.
En esa historia de trabajo también está la trayectoria del ingeniero Fernando Espino Arévalo, quien durante décadas ha encabezado desde la representación sindical la defensa de los derechos laborales, la seguridad operativa y el mantenimiento del Metro. Su experiencia refleja también la de generaciones de trabajadores que han dedicado su vida a mantener en movimiento a nuestra ciudad.
A 57 años de distancia, el mejor homenaje al Metro no está en mirar hacia atrás, sino en garantizar que pueda seguir avanzando.
La celebración debe convertirse en compromiso. Y el compromiso, necesariamente, debe reflejarse en el presupuesto.
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El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

