Realiza cada una de tus acciones como si fuera la última de tu vida”
Marco AurelioSeguramente seré juzgado por algunos de simplista en el siguiente postulado. Creo en él y considero que es comprobable a través de distintos mecanismos. Parecemos estar diseñados de fábrica para tender, consciente e inconscientemente, hacia la comodidad. La información que por miles de años hemos acumulado nos invita a ponernos a salvo, guardar energía, evitar la fricción y, por ende, buscar la comodidad. Esta búsqueda, por momentos, nos lleva a percibir como definitivos límites y umbrales que quizá no lo son.
Por otro lado, considero que quienes han alcanzado cimas, cruzado metas relevantes o construido grandes proyectos han abandonado, de una u otra manera, la comodidad, con todo lo que ello significa.
La condición parece ser de fábrica. Nacemos con una especie de gobernador interno, como el que tienen los automóviles, que no permite que la máquina exceda ciertos límites de desempeño. Aunado a ello, algunos de quienes nos rodean, en su mayoría también limitados por sus propios gobernadores internos, nos conminan a buscar la comodidad a través de frases como: “no te exijas tanto”, “no tienes necesidad de hacerlo”, “tómatelo con más calma” o “¿para qué te complicas?”. Es claro que esos consejos son por nuestro bien y son acertados cuando realmente se ha caído en un exceso que nos pone en riesgo; no obstante, en muchas ocasiones no lo son.
Difícilmente he escuchado, leído o sido testigo de una historia de éxito que haya sido posible sin abandonar, en algún momento, la comodidad. Las empresas líderes del sector, las grandes obras de arte, los grandes descubrimientos de la ciencia y las hazañas deportivas han requerido esfuerzo, sacrificio, dedicación y persistencia por encima de la comodidad del individuo implicado en ellas.
Me atrevo a sostener que dichos protagonistas lograron sentirse cómodos en medio de la incomodidad que provoca el esfuerzo físico y mental profundo. Esa incomodidad sostenida, producto de la fricción que se genera cuando perseguimos nuestras metas, es la que puede traducirse en resultados. Es el diseño de nuestros hábitos y su repetición lo que nos obliga a salir de nuestra zona de confort para buscar crecimiento; es justamente fuera de esa zona donde se encuentra el fortalecimiento de nuestras capacidades.
La incomodidad significa, en ocasiones, dolor, cansancio y hartazgo. El gran Eliud Kipchoge, para mí el más grande maratonista de todos los tiempos ha construido buena parte de su filosofía alrededor de la disciplina, la fortaleza mental y la capacidad de continuar cuando aparecen el dolor y el cansancio. Es justamente en esos momentos, cuando abandonar parece la opción más cómoda, cuando la perseverancia adquiere mayor valor.
La incomodidad y salir de nuestra zona de confort significan el ahogo en cada serie de velocidad, la hora extra de lectura o estudio, tomar acción de inmediato sin arrullarse con la procrastinación, el dolor muscular durante las series de fuerza y la inmediatez para levantarse de la cama en cuanto suena el despertador. Quien logra ejecutar esos hábitos sin someterlos cada día a un proceso de negociación incrementa de manera importante sus posibilidades de éxito en la tarea emprendida.
En un entorno en el que son pocos los elementos que podemos controlar para alcanzar el éxito -cualquiera que sea la definición que de él tengas-, bien vale la pena agotar nuestros esfuerzos en la búsqueda de incrementar nuestro desempeño a través de hacernos amigos de la incomodidad. Todo ello, por supuesto, dentro de límites razonables que no conviertan la búsqueda del crecimiento en un costo para nuestra salud.
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El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

