«Los hombres alaban siempre los tiempos antiguos y acusan los presentes, no siempre con razón.»
Discursos sobre la primera década de Tito LivioA comienzos de siglo, en un brindis de esos que la Ciudad de México sabe montar cuando hay dinero español de por medio, ocurrió el milagro. Dos hombres que durante décadas no habían podido compartir salón —cuyos maestros, Carlos Fuentes y Octavio Paz, se habían depurado mutuamente de sus revistas y de sus afectos— chocaron copas bajo la mirada satisfecha de Antonio Navalón, conseguidor y lobista del grupo Prisa, entonces ocupado en la compra de Radiópolis. Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze, juntos al fin. Parecía la reconciliación de dos linajes culturales, la paz de Westfalia de las letras mexicanas. No lo era. Navalón apenas los juntó en la foto; quien los unió de verdad, años después, fue una causa común: la apuesta contra Andrés Manuel López Obrador. La perdieron tres veces consecutivas, con intereses.
Para entender el tamaño de la derrota hay que medir el tamaño del imperio. La generación que se fracturó en 1968 construyó dos catedrales rivales: Vuelta, fundada por Paz en 1976 tras el golpe a Excélsior, y Nexos, nacida en 1978 bajo la batuta de Enrique Florescano. La primera predicaba el liberalismo contra el estatismo; la segunda, una socialdemocracia de investigadores que quería reformar al sistema desde adentro. Se odiaron con esmero. La guerra alcanzó su clímax entre 1990 y 1992, cuando el encuentro «La experiencia de la Libertad» y el Coloquio de Invierno sirvieron para que cada bando acusara al otro de vivir del erario. Ambos tenían razón, que es la forma más incómoda de empatar.
Porque la doble hélice compartía un mismo ADN: la intermediación con el poder. Aguilar Camín integró el «anillo protector» de Carlos Salinas y coordinó unos libros de texto que hubo que retirar de circulación. Krauze fundó Clío al amparo de Televisa y sus empresas recibieron, en el sexenio de Peña Nieto, más de 162 millones de pesos en contratos de adjudicación directa. Hubo, eso sí, una obra genuina y mayor: José Woldenberg, criatura de Nexos, presidió el IFE desde 1996 y condujo con imparcialidad la transición del año 2000. La ironía tardaría dos décadas en madurar: la democracia electoral que esta generación ayudó a construir es exactamente la máquina que votó, una y otra y otra vez, por el movimiento que hoy la desespera.
«Democracia sin adjetivos», pidió Krauze en 1984: ni socialista, ni popular, ni dirigida. Democracia a secas. La democracia a secas llegó, funcionó y los jubiló.
Sería deshonesto omitir que también fueron hostigados. La tribuna presidencial los convirtió en villanos de reparto de una pedagogía diaria. La llamada Operación Berlín dejó constancia del enredo: Tatiana Clouthier señaló a Krauze como cerebro de una estrategia de guerra sucia digital contra la candidatura de López Obrador; Krauze negó enfáticamente toda actividad ilícita; su subdirector, Fernando García Ramírez, admitió haber participado en lo que llamó una defensa de la democracia.
Con todo, el agravio recibido no explica la decadencia. La explica la cereza del pastel, que se sirvió el miércoles 2 de septiembre. Ese día se estrenó en Televisión Azteca Tolerancia Cero, mesa de análisis conducida por Manuel López San Martín, con Héctor Aguilar Camín, Jorge G. Castañeda y María Amparo Casar como analistas. El antecedente importa: Televisa los había jubilado en agosto de 2024 de Es la hora de opinar, con la elegancia de las palabras «renovación» e «incorporación de mujeres». Dos años después resucitan en el canal de Ricardo Salinas Pliego, el hombre que debe al fisco 32 mil 132 millones 897 mil 658 pesos —cifra ya con descuento, tras resoluciones de la Suprema Corte— y que negoció pagarlos con un anticipo de diez mil millones y el resto en cómodas 18 mensualidades, como quien compra una pantalla en Elektra.
Los intelectuales que durante medio siglo predicaron la legalidad, la rendición de cuentas y la república de ciudadanos cobran hoy en la nómina del evasor más laborioso del país, opositor de tiempo completo desde que el gobierno se negó a perdonarle la deuda. Casar, que hizo de la denuncia de la corrupción un apostolado, no encontró contradicción en el cambio de patrón. Ninguno de los tres ha dicho una palabra sobre el fichaje: los profesionales de la transparencia no expidieron recibo. Ahora compiten con Tercer Grado, mesa de análisis de Televisa, mismo día, mismo horario.
Krauze no aparece en ese plató, pero tampoco se salva del naufragio. Desde su columna en Reforma festejó el 4 de enero, en «Reconstruir Venezuela», la intervención de Trump que secuestró a Maduro, y anunció que había llegado la hora de Corina Machado y de la democratización. Nada de eso pasó. El método es el mismo de toda la tribu: sustituir el análisis por el deseo y el argumento por la descalificación.
El fracaso de la generación no consiste en haber cobrado del poder —eso lo hicieron siempre y con ambas manos—, sino en tres pérdidas encadenadas: dejaron de fijar la agenda, dejaron de ser interlocutores y no han encontrado validación que no dependa del favor de algún palacio, así sea uno con estudios de televisión en el Ajusco. Su furia contra la Cuatroté tiene menos de convicción que de despecho: duele más el ninguneo que la nómina perdida. Aunque también la nómina.
Maquiavelo lo vio venir: los hombres alaban los tiempos antiguos y acusan los presentes, no siempre con razón. Sobre todo cuando los tiempos antiguos pagaban por adjudicación directa. Los que no cabían juntos en un salón caben hoy, apretados, del mismo lado, en contra de la Cuatroté. Tolerancia cero, en efecto: la que la historia les aplica..
UN LIBRO, UNA PELI, UN PODCAST:
Libro: Los intelectuales y el Estado en el México del siglo XX (FCE), Roderic Ai Camp. Analiza la relación entre los pensadores y el poder político hasta el México de 1988.
Peli: Loro (Silvio y los otros) (Prime), de Paolo Sorrentino, sobre la fauna que orbita a un magnate mediático Silvio Berlusconi.
Podcast: Fiasco (Spotify) de Leon Neyfakh, historias de gente que apostó y perdió.
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