La salud pública no puede reducirse a una hoja de cálculo ni gestionarse desde una presentación de PowerPoint.
Cuando el poder transforma la enfermedad en estadísticas, el sufrimiento en indicadores y el desgaste de los médicos en metas administrativas, corre el riesgo de perder de vista su verdadera razón de ser: atender a las personas.
Cuidar la salud no significa administrar cifras, sino responder con con dignidad, capacidad y sensibilidad a las necesidades de quienes enferman.
Porque detrás de cada número hay un paciente que espera, una familia que enfrenta incertidumbre y trabajadores de la salud que sostienen, muchas veces al límite, un sistema que no puede maquillarse con gráficas.
La verdadera responsabilidad política comienza cuando se entiende que la salud no se mide únicamente en resultados: se mide en vidas.
Las cifras, cuando se leen en conjunto, cuentan otra historia: la de una Secretaría de Salud sometida a una presión creciente, con hospitales rebasados, personal médico exhausto y una capacidad institucional que parece quedarse cada vez más lejos de las necesidades de quienes sostienen el sistema.
Esta reflexión resulta pertinente ante Eduardo Clark, subsecretario de Integración y Desarrollo del Sector Salud.
Su trayectoria, vinculada con la minería de datos, las políticas públicas y la gestión administrativa, expresa una forma de entender al Estado: medir, ordenar y evaluar.
Un gobierno sin información camina a ciegas.
El problema comienza cuando el dato deja de ser una herramienta para comprender la realidad y se convierte en sustituto de ella.
Los acontecimientos de septiembre de 2026 hicieron visible esa distancia.
El Hospital General de México “Dr. Eduardo Liceaga” identificó un brote de gastroenteritis infecciosa aguda asociado con Salmonella spp. que afectó a 135 médicos residentes y de alta especialidad. Al siete de septiembre, 41 personas permanecían hospitalizados.
La institución informó de una asociación temporal con el comedor subrogado y suspendió su funcionamiento mientras avanzaban las investigaciones.
Pero el problema no terminó en el hospital. Los médicos residentes salieron a la calle.
Bloquearon durante varias horas la avenida Cuauhtémoc en la ciudad de México.
El lema elegido fue elocuente: “Nuestra salud también importa”.
Quienes todos los días cuidan a los enfermos reclamaban ahora que la institución cuidara de ellos.
Sus demandas fueron más amplias que el esclarecimiento del brote.
Exigieron investigar su origen y sancionar a los responsables, una auditoría externa al comedor, abasto suficiente de medicamentos e insumos y mejores condiciones laborales.
Denunciaron jornadas extenuantes, falta de personal, problemas de higiene en los dormitorios y alimentos en mal estado.
No se trata, por tanto, solamente de una enfermedad.
El episodio plantea preguntas sobre la responsabilidad institucional: ¿quién supervisa los servicios subrogados?, ¿qué controles existen sobre los alimentos?, ¿en qué momento una falla administrativa se convierte en un problema de salud pública? Los estudios confirmaron la presencia de Salmonella spp. y detectaron, en dos casos, coinfección con Escherichia coli enterotoxigénica.
Corresponde a la investigación establecer con evidencia el origen de la contaminación antes de determinar responsabilidades.
A ello se suma el desabasto de medicamentos.
Para una administración, un medicamento puede ser una orden de compra o un porcentaje de abastecimiento.
Para el paciente es el medicamento que necesita y que no tiene.
La enfermedad no conoce los calendarios de la administración pública.
En este contexto adquirió relevancia una declaración del subsecretario Clark en la que se refirió a la Salmonella como un virus, cuando se trata de una bacteria.
El error, considerado de forma aislada, podría parecer menor.
Pero las palabras de una autoridad sanitaria tienen un peso distinto.
La precisión forma parte de la confianza pública.
En materia sanitaria, una palabra incorrecta puede sembrar dudas allí donde la sociedad necesita certezas.
Por eso la discusión no debería reducirse a ridiculizar una palabra equivocada.
La pregunta importante es otra: ¿qué conocimientos y capacidades debe reunir quien participa en los máximos niveles de conducción de la salud pública? La administración puede coordinar recursos; los datos pueden orientar decisiones; la política puede establecer prioridades.
Pero ninguna de esas funciones puede sustituir a los conocimientos básicos en salud.
El verdadero problema, entonces, no está solamente en confundir una bacteria con un virus.
Está en la distancia que puede existir entre administrar la salud y comprenderla.
Porque dirigir la salud pública no consiste en ordenar cifras.
Consiste en entender que detrás de cada cifra hay una vida.
Y cuando esa vida está enferma, ningún PowerPoint puede sustituir a la ciencia, la responsabilidad y los conocimientos para tomar las decisiones pertinentes .
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El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

