Bienvenidas y bienvenidos. Despegamos desde la gélida Nuuk, capital de Groenlandia, con rumbo a Ushuaia, en el extremo austral de Argentina. En esta ocasión, además de tener un vuelo muy prolongado, recibimos de pasajero al presidente Donald Trump, pues su avión ha quedado en mantenimiento en tierra por una alerta operativa relacionada con un fallo en sus sistemas eléctricos. Apenas hemos despegado, nuestro usuario norteamericano ha colocado sobre la mesita de su asiento el mismo mapa que difundió hace unos días, en el que una bandera estadounidense se extiende sobre Canadá, Groenlandia, Islandia, México, Centroamérica y el Caribe. También ha preguntado si nuestro recorrido será internacional; Quizá sospecha que, cuando uno se siente dueño del mapa, todas las rutas terminan pareciendo domésticas.
Tomamos altura y Nuuk queda atrás. Desde aquí, Groenlandia puede confundirse con una gran extensión blanca, silenciosa y disponible para ser ocupada. Pero basta descender un poco para encontrar casas, escuelas y poblaciones que por generaciones han nombrado a cada rincón de este territorio en su propia lengua y son una región autónoma del reino de Dinamarca, pero nuestro pasajero solo mira minerales, rutas marítimas y posiciones militares en un territorio que expresamente ha declarado no estar en venta.
Canadá aparece después. Trump ha hablado de convertirlo en un estado más de la Unión y lo ha acompañado con presiones comerciales. Probablemente espera que la repetición desgaste la gravedad de sus palabras. El humor presidencial tiene una ventaja curiosa: si provoca rechazo, se presenta como broma; si encuentra poca resistencia, comienza a parecer propuesta. Groenlandia, Canadá, el Canal de Panamá y el Golfo de México forman ya una colección de ocurrencias demasiado coherente para atribuirla solamente al temperamento de un personaje
Al cruzar Estados Unidos abrimos otra carta de navegación y con ella recoramos a la actual Estrategia de Seguridad Nacional, que recuperó a la vieja y caduca Doctrina Monroe, añadiendo el llamado “Corolario Trump”. Un documento en el que propone impedir que otras potencias que instalen capacidades militares o controlen puertos, minerales, energía e infraestructura estratégica en el hemisferio. También ordena reunir gobiernos aliados, contener la migración, combatir el narcotráfico y reorientar recursos militares hacia América. El señor Marco Rubio lo ha refrendado bajo su petulante afirmación: Este es nuestro hemisferio.
Vale la pena detenernos en ese pronombre ¿Quiénes caben en la palabra “nuestro”? ¿Una trabajadora mexicana, un pescador caribeño, una familia centroamericana, una comunidad amazónica? ¿O únicamente quienes pueden decidir qué gobierno merece apoyo, qué puerto resulta estratégico o qué país representa una amenaza? Las palabras posesivas suelen volverse peligrosas cuando las pronuncia una prepotencia. Primero se reclama el hemisferio; después se administran sus recursos y, llegado el caso, se corrigen sus elecciones.
La vieja frase “América para los americanos” nació hace más de dos siglos como advertencia contra nuevas aventuras coloniales europeas. Con el tiempo, los residentes de Washington D.C. fueron asumiendose como los únicos “americanos”. Theodore Roosevelt convirtió aquella doctrina en permiso para ejercer funciones de policía internacional. Vinieron ocupaciones, intervenciones, golpes alentados desde el exterior y economías organizadas para servir intereses ajenos. Trump ha quitado el polvo a esa pieza del equipaje y la ha actualizado con aranceles, sanciones, bases militares, visas, plataformas digitales y minerales críticos.
Entramos a México y desde la ventanilla vemos una frontera que separa dos naciones y atraviesa a millones de familias. También observamos fábricas conectadas, campos que alimentan ciudades estadounidenses y comunidades sostenidas con el trabajo de quienes migraron. Nuestro país conoce el costo humano de convivir con una potencia que necesita su mano de obra mientras sospecha de sus trabajadores; que aprovecha nuestras cadenas productivas mientras amenaza con cerrarlas; que solicita cooperación en seguridad y conserva para sí buena parte del mercado de armas y drogas que alimenta la violencia.
La presidenta Claudia Sheinbaum respondió que México es libre, independiente y soberano, que nunca será colonia ni protectorado de alguna potencia extranjera. La frase recoge una historia profunda que arranca con la independencia y esta construida gracias a nuestra gente, a capacidad económica nacional, a renovar instituciones estratégicas en energía, ciencia, innovación tecnológica, diversificación comercial y relaciones latinoamericanas capaces de resistir presiones.
Ahora volamos sobre Centroamérica y el Caribe. Ya conocemos las cicatrices que se distinguen desde esta altura: intervenciones, bloqueos, dictaduras protegidas por conveniencia y democracias debilitadas por pobreza, violencia y expulsión de su propia gente. También una enseñanza histórica que nos dejaron las dictaduras del siglo XX: ninguna potencia puede elegir nuestro destino y ningún gobernante local debe recibir licencia para cancelar libertades en nombre del desarrollo o el pago de deudas.
Sudamérica surge más adelante. La imagen publicada por Trump termina antes, aunque su doctrina continúa hasta el último puerto. Washington celebra a gobiernos afines, reconoce su influencia en procesos electorales y presenta a China como intrusa en un territorio que considera reservado. América Latina tiene derecho a relacionarse con el mundo entero. Ese derecho exige cuidar que una dependencia antigua tampoco sea reemplazada por otra, aunque cambien la bandera, los créditos y el idioma de los contratos.
Iniciamos el descenso hacia Ushuaia. El presidente Trump guarda su mapa y mira el canal Beagle. Es posible que después de un vuelo como éste, descubra que el continente resulta bastante más largo de lo que parecía en la pantalla de su teléfono. Aquí, cerca del llamado fin del mundo, terminan las líneas que alguien dibujó desde la Casa Blanca. Deben recordar que la dignidad de los pueblos y sus determinaciones perviven. Un mapa puede cubrirse con una bandera; pero la sobereranía de Nuestra América difícilmente cabrá debajo de ella.
Únete al canal de WHATSAPP DE EL INDEPENDIENTE, también a nuestro canal de TELEGRAM y recibe las noticias clave del día, análisis y últimas actualizaciones directamente en tu celular.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.
