La propuesta es simple y, por eso, peligrosa para la burocracia.
Que el maestro de primero de primaria no se despida del niño en junio. Que lo siga. Que tenga cuidado de él en segundo, en tercero, en cuarto, en quinto, en sexto. Y que, si ese alumno llega a segundo de secundaria, el maestro de primero reciba un bono por cada uno que llegó.
No un aplauso. Un impulso económico. Así el interés deja de ser abstracto. El maestro de primero descubre, de pronto, que le conviene que el niño no se pierda en el cuarto grado, que la mamá no lo saque a trabajar, que la lectura no se quede en el silabario. Que apruebe el examen PISA. Treinta alumnos por ciclo. En diez años, trescientos. Trescientos nombres que no caben en una lista de asistencia: caben en una responsabilidad.
El de segundo de primaria operaría igual. El de tercero, igual. El de secundaria, igual: bono si su alumno llega a la preparatoria. Otro si llega a la universidad. Y el bono grande el que debería dolerle al erario de gusto seria cuando ese alumno termina una carrera.
Al titularse, no se premia a un funcionario de Palacio. Se premia a la cadena: al de primero que le enseñó a leer, al de matemáticas que no lo dejó rendirse, al de secundaria que lo empujó a la prepa, al de preparatoria que no lo soltó. Todos reciben. Porque el resultado de la educación no es el desfile del 15 de septiembre. Es que alguien, años después, firme un título con el nombre que un día se escribió con temblor en un cuaderno de milímetros.
Y todavía hay un premio que no se deposita en el banco. El maestro de primaria que más alumnos lleve hasta la universidad no se queda en una placa olvidada. Se le pone su nombre a la escuela. ¿De qué nos sirve que la escuela se llame Benito Juárez por inercia, como se llaman las avenidas, los mercados y las fondas? Juárez ya tiene estatuas. El maestro que sacó a treinta niños del olvido no tiene ni banqueta. Que la escuela se llame como él. Que el barrio sepa quién fue el que no soltó a la generación. De esa manera la competencia deja de ser por la plaza y empieza a ser por el futuro.
Se dirá, con razón, que el niño no se cae sólo por culpa del maestro. Se cae por el hambre, por el camión que no pasa, por el padre que se fue, por el trabajo a los doce años, por la escuela sin techo. Es verdad. El abandono se dispara en la media superior: más de uno de cada diez no termina la prepa. En primaria casi no se nota; en la universidad, otra vez se nota. Nadie pretende que un bono cure la pobreza. Pretende otra cosa, más modesta y más grave: que el Estado deje de pagarle al maestro por calentar la silla y empiece a pagarle por no perder al alumno. Que el incentivo deje de ser la lealtad al gobierno de turno y pase a ser el expediente vivo de un muchacho.
El diseño no puede ser ingenuo: el bono se paga por el que llega, sí, pero la escuela no puede elegir a quién inscribe. El grupo es el grupo. El de la última fila cuenta igual. Y el seguimiento no es vigilancia de policía: es carta, llamada, visita, consejo, el “¿cómo vas?” que hoy nadie tiene tiempo de hacer porque a nadie le importa que siga el alumno.
PISA no es un evangelio. Es un termómetro. Se le puede discutir el acento, el sesgo, la muestra. Lo que no se le puede discutir es el diagnóstico reiterado: México enseña a sentarse y no enseña, con la misma fuerza, a entender. La SEP ha sido muy buena para inaugurar y muy floja para preguntar, diez años después, dónde quedó el niño de la foto. Un gobierno clientelar necesita maestros callados y listas llenas. Un país que quiera aprender necesita maestros con hambre de que el alumno llegue lejos y con un bono, y con un nombre en el frontispicio, que conviertan esa hambre en oficio.
El maestro de primero de primaria no debería ser un empleado de paso. Debería ser el primer acreedor del porvenir. Si sus treinta alumnos de este año, dentro de una década, están en la universidad, que el Estado le pague como se paga lo que de verdad importa. Y que la escuela, por una vez, no se llame como el prócer del calendario, sino como el maestro que no soltó la mano.
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