«La traición en la política es algo usual». Esa frase me la dijo Ricardo Monreal Ávila durante una entrevista que le hice en 2015 para mi programa de YouTube Qué diría Freud. El viejo lobo de mar, que desde 1975 ha transitado por las principales siglas partidistas, me dejó claro su aprendizaje de campo en el que la traición va de la mano con el poder. Tanto en Los Pinos como en Palacio Nacional. Tanto en los 80’s como en 2026. Tanto en el PRI como en Morena.
Ha pasado una década, pero la frase de Monreal no ha caducado. Incluso la traición y el poder han refrendado sus votos matrimoniales. Por eso cuando la presidenta Claudia Sheinbaum dijo durante su 2º Informe de Gobierno que en la Cuatroté “no hay divisiones” y “no hay rompimiento”, me dio ternura. A esa frase, casi poética, sólo le hace falta ser verdadera. Y es que en la antesala de las elecciones intermedias de 2027 ha nacido el caníbal guinda: Morena contra Morena.
No me lo estoy imaginando. No lo supongo. No lo soñé. En tanto reportero 24/7 veo, escucho y soy testigo presencial —más de lo que quisiera— de que el peor enemigo de un morenista es otro morenista. Sobre todo, cuando alguno de ellos “no es pura sangre”, es decir, viene de otro partido político o de otro Código Postal. “A los convertidos” les tienen resentimiento los “puros” de toda la vida y, entre esas dos especies, son más frecuentes los abrazos para medir en qué costilla entra mejor la puñalada trapera.
A quien conozca un milímetro de las cañerías del poder sabe que donde hay presupuesto, gubernaturas y candidaturas a la vista, “la hermandad” se convierte en un culebrón de Caín y Abel. Repito: la pantomima de la unidad Morenista es un teatro para aplaudidores que tienen un tremendo rugido de tripas; detrás del montaje guinda, lo que se libra es un canibalismo a cielo abierto.
Por un lado, los leales de hueso colorado al patriarca de Palenque, que no sueltan la plaza ni a tiros y exigen derecho de antigüedad; por el otro, los operadores del claudismo puro, desesperados por sembrar perfiles de su entera devoción que no tengan que pedirle permiso al fantasma del sexenio pasado para mover un lápiz. Y flotando en medio, como tiburones con colmillo afilado, los emisarios de Adán Augusto, los cuadros de Ricardo Monreal y los restos del naufragio de Marcelo Ebrard, cobrando facturas viejas en cada comité local.
El partido que durante años convirtió la unidad en una de sus principales armas electorales acaba de descubrir una pequeña complicación: cuando ya no hay que luchar para llegar al poder, hay que luchar por decidir quién se queda con él. Y esa pelea, aunque todavía se presenta con nombres tan cuidadosos como “coordinaciones estatales de defensa de la transformación”, tiene todos los ingredientes de una feroz disputa interna por el botín.
La presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel, ya salió a pedir calma ante los recientes zarandeos. Les recordó a los más de 200 aspirantes que todavía están en la contienda que la convocatoria permite tomar decisiones hasta diciembre. El mensaje, traducido en lenguaje para guapos, podría resumirse así: dejen de pelear, todavía no sabemos a quién va a palomear de manera definitiva la presidenta. Porque si algo no va a permitir Claudia Sheinbaum es llegar a la mitad de su sexenio con menos gubernaturas de Morena.
Ahora bien, el canibalismo en Morena no es un asunto menor. El partido está atravesando el problema clásico de todos los partidos que alcanzan una hegemonía suficiente para que sus principales enemigos comiencen a estar dentro de casa. El PRI lo conoció durante décadas (y se dividió en el PRD). El PAN también (y renunciaron figuras icónicas por no mencionar la reciente visita de Vicente Fox al CEN del PRI). Y ahora Morena se pregunta ¿qué se hace cuando el adversario trae el mismo chaleco guinda?
Ahí ya no funciona tan fácilmente aquello de “amor con amor se paga”. Porque la candidatura —como al marido y a la trabajadora del hogar— no se comparte. Se gana. Y cuando todos creen merecerla, la famosa unidad comienza a parecer más un Reality Show tipo “La Casa de los Mañosos” donde la guerra sucia y las campañas negras brotan por las alcantarillas para hundirse y ahogarse entre los del mismo ADN político.
Que no haya duda de que Morena está dejando de ser solamente el partido de Andrés Manuel López Obrador para convertirse en una maquinaria política con intereses propios, grupos propios, ambiciones propias y traiciones propias. Ya lo dice otra famosa frase: “en política uno escoge a su verdugo”. Ésa, quizá, será la verdadera prueba para la doctora Claudia Sheinbaum Pardo: cómo lograr que Morena no despedace a Morena en el banquete del poder.
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