Una vez más, México salió reprobado en la prueba PISA y el resultado debería encender todas las alarmas. No porque nuestros jóvenes carezcan de talento, sino porque el sistema educativo no está logrando desarrollar sus capacidades.
El dato más preocupante está en matemáticas. Los estudiantes mexicanos de 15 años obtuvieron un promedio de 388 puntos, frente a 463 de la OCDE, una diferencia de 75 puntos. Apenas alrededor de 30% alcanza el nivel básico de competencia, contra 65% en el promedio de los países de la organización.
Si bien es cierto que el problema no comenzó con los gobiernos de Morena, es una realidad que durante los últimos siete años el deterioro se hizo más evidente. La llamada Nueva Escuela Mexicana, impulsada durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, representó un cambio de rumbo que puso mucho énfasis en contenidos ideológicos y sociales, mientras conocimientos fundamentales como las matemáticas perdieron peso.
La decisión de cancelar la reforma educativa de Enrique Peña Nieto también tuvo consecuencias. Aquella reforma podía tener errores y seguramente necesitaba algunos ajustes, pero apostaba por la evaluación, la capacitación y el mérito para el ingreso y la permanencia de los docentes.
El gobierno de la autollamada Cuarta Transformación cedió ante la enorme capacidad de presión de la CNTE. Durante años, la Coordinadora convirtió los plantones, bloqueos y movilizaciones en una herramienta de negociación política. El resultado fue el desmantelamiento de buena parte de los mecanismos de evaluación y una política educativa cada vez más condicionada por las demandas sindicales.
La presión de la CNTE ha llegado a tal punto que han logrado colocar sobre la mesa de negociación con el gobierno temas como plazas, salarios, prestaciones y control de recursos, mientras el debate sobre la calidad educativa ha quedado relegado.
PISA no es una evaluación perfecta ni pretende explicar por sí sola todos los problemas de un sistema educativo. Pero sirve para comparar desempeños y detectar rezagos. Descalificarla porque los resultados no son favorables no resuelve absolutamente nada.
La implementación de la Nueva Escuela Mexicana afectó seriamente el desempeño de la educación en México. Los nuevos libros de texto gratuitos generaron fuertes cuestionamientos por el contenido y por el espacio que concedían a determinadas visiones ideológicas, mientras especialistas y padres de familia advertían sobre deficiencias en conocimientos fundamentales. La polémica terminó incluso con cambios en los materiales y la salida de Marx Arriaga de la responsabilidad que ocupaba.
En contraste, países como China han colocado la educación y particularmente las ciencias y las matemáticas en el centro de su estrategia de desarrollo. Entienden que una nación necesita formar jóvenes capaces de resolver problemas, analizar información y generar conocimiento, para desarrollarse.
El secretario de Educación, Mario Delgado, ha sostenido que PISA tiene alcances limitados y que la SEP cuenta con evaluaciones propias para conocer el desempeño de los alumnos. Puede ser cierto que existan otras herramientas, pero ninguna explicación cambia el hecho de que los jóvenes mexicanos están quedándose atrás en conocimientos fundamentales.
La educación necesita una política de Estado, profesores mejor preparados, evaluación, capacitación, materiales de calidad y, sobre todo, una prioridad absoluta en el aprendizaje de los niños y jóvenes.
México necesita subir el nivel educativo de las próximas generaciones si quiere competir.
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