«Los médicos dicen de la tisis que en sus comienzos es fácil de curar y difícil de reconocer, pero que, con el correr del tiempo, no habiéndola reconocido ni medicado, se vuelve fácil de reconocer y difícil de curar.»
El PríncipeNoviembre de 2016, Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil de la Ciudad de México. Un funcionario reparte paquetes de libros entre niños de primaria «para que los empiecen a ler». Insiste, micrófono en mano: «¿Ustedes van a ler?». Al despedirse, una niña de ocho años le enmienda la plana: «No se dice ‘ler’, se dice ‘leer’«. El video acumuló más de dos millones de vistas en días. El funcionario era Aurelio Nuño Mayer, secretario de Educación Pública. La niña se llama Andrea Lomelí y hoy tiene, año más, año menos, la edad de la generación cuyos resultados en la prueba PISA se publicaron el 8 de septiembre. Su interlocutor de aquella tarde es hoy el crítico más severo de lo que él sembró.
Conviene precisar qué se critica, porque la prueba es tan famosa como poco conocida. El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes midió en su novena edición a más de 760 mil jóvenes de 15 años en 91 países y economías, en matemáticas, lectura y ciencias. El diagnóstico global es sombrío: los países de la OCDE perdieron en una década 22 puntos en matemáticas y 28 en lectura; la pérdida de aprendizajes de la pandemia no se revirtió, se cronificó. México obtuvo 388 puntos en matemáticas —siete menos que en 2022, la única caída estadísticamente significativa—, 408 en lectura (siete menos, sin significancia estadística) y 414 en ciencias (cuatro más). El dato de veras grave es otro: 42 de cada 100 estudiantes mexicanos no alcanzan el umbral básico en ninguna de las tres áreas, contra 20 de cada 100 en la OCDE. Hay crisis. Y es vieja.
Dante Delgado fichó a Nuño como consejero de Movimiento Ciudadano luego de que el peñista rompiera con alias “Alito” Moreno, el dirigente que llegó al PRI cuando él y su jefe traicionaron el compromiso de apoyar a José Narro para dirigir su partido. El exsecretario de Educación diagnosticó en Reforma y en el noticiero matutino de la cadena de Ricardo Salinas (la misma que acaba de fichar a los jubilados de Tolerancia Cero) «la peor debacle educativa en tiempos modernos de nuestro país». La culpa –sello de la casa televisora- la atribuye íntegra y sin remanente, a Morena.
Los números del acusador bailan según el foro. En Reforma, la demografía deja sin explicar la ausencia de 554 mil niños; horas después, frente a las cámaras, ya eran «un millón y medio», con la matrícula cayendo «como dos millones». Cuando una cifra se triplica entre el desayuno y la sobremesa, no es diagnóstico: es munición. La comparación que hace de las becas que se daban en sus tiempos —16 mil 400 pesos de antes contra 9 mil 500 de ahora— omite que los esquemas no son comparables: los montos actuales se diferencian por grado y motivo, y la cobertura es universal. Y la explicación de los niños «desaparecidos» tiene un problema adicional: la OCDE atribuye parte del declive de los promedios mexicanos a la expansión de la matrícula en bachillerato, que incorporó a jóvenes de hogares en alta marginación que antes quedaban fuera del sistema y, por tanto, fuera de la muestra. El promedio bajó, en parte, porque hay más pobres adentro de la escuela, no afuera. Leer esa fotografía al revés exige talento.
Pero el problema de fondo es de calendario. Las competencias que PISA mide a los 15 años —fluidez lectora, sentido numérico, razonamiento científico elemental— no se construyen en secundaria: se cimientan en los primeros cuatro grados de primaria. Los evaluados en 2025 cursaron esos grados entre 2015 y 2019, bajo dos secretarios de Educación: Aurelio Nuño, imponiendo su reforma, y Otto Granados, flotando de muertito.
El rezago de esos años opera después como obstáculo acumulativo —el Efecto Mateo: cada ventaja facilita la siguiente, cada carencia agranda la próxima—. Nuño invoca en su descargo el estudio de Bedoya, De Hoyos y Estrada, según el cual su reforma redujo la contratación discrecional y elevó el aprendizaje entre 2012 y 2018. Espléndido: esos son, exactamente, los años de primaria de la cohorte evaluada. No se puede cobrar el crédito del periodo y devolver la factura del resultado. El mismo estudio revela cómo fue contraproducente esa contratación basada en reglas en Colombia y cómo, en México, generó resistencia de los maestros.
Vale una anotación al margen que explica el clima: la reforma que Nuño abanderó —primero desde la Oficina de la Presidencia, luego desde la SEP— se impuso con métodos poco pedagógicos. Un día después de promulgada, en febrero de 2013, fue encarcelada la dirigente del magisterio (que tenía, es verdad, una cola larguísima que pisarle); se abrieron 80 expedientes contra los cuadros sindicales más visibles; en Chiapas los maestros se evaluaron custodiados por la policía; y el 19 de junio de 2016, en Nochixtlán, Oaxaca, el desalojo de los bloqueos de la CNTE por fuerzas federales y estatales dejó un saldo oficial de 8 personas muertas y más de un centenar de lesionadas. Con ese expediente, hablar de una carrera docente «libre de control político» requiere cierta amnesia selectiva.
La enfermedad era fácil de diagnosticar: «No se dice ‘ler’, se dice ‘leer’.» hasta una niña de ocho años podía. ¿Y las causas reales?
El propio informe las enumera, para quien lo lea completo. La pandemia dejó daños estructurales que ningún sistema de la OCDE ha revertido. El tiempo de los adolescentes en redes sociales creció y se correlaciona directamente con la caída lectora —la senadora de Morena de la que se burlaron en la entrevista a Nuño decía, con torpeza, lo que dice el informe con estadística—. La mitad de los estudiantes usa ya chatbots de inteligencia artificial cada semana y un tercio les encarga la redacción de sus tareas, externalizando la síntesis y la inferencia: la variable más nueva del ciclo y la que mejor explica el desplome mundial de la lectura.
El nivel socioeconómico sigue siendo el predictor más robusto del desempeño. Ninguna de estas variables milita en Morena; todas operan igual en Helsinki que en Santiago.
Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE y difícilmente propagandista de la Cuatroté, destacó de México la resiliencia de sus estudiantes, una relación maestro-alumno mejor que el promedio de la organización y escuelas menos segregadas socialmente que las de muchos sistemas europeos. Nuño citó del informe un solo dato —el 80 por ciento de alumnos con sed de aprender— y dejó los demás en la mesa. A eso, aquí y en China, se le llama falta de rigor.
Nada de lo anterior absuelve al gobierno actual, pero salir del hoyo exige diagnósticos honestos, y el primer acto de honestidad disponible le corresponde a quien administró la primaria de esta generación: reconocer que la tisis era fácil de curar cuando él tenía la batuta (o la macana), y que hoy, fácil de reconocer, la señala como si acabara de llegar.
Andrea Lomelí aprendió a leer a pesar de todo. Al exsecretario todavía le cuesta. Ya no los libros: los informes.
UN LIBRO, UNA SERIE, UN PODCAST
Libro: La generación ansiosa, de Jonathan Haidt (Paidós), sobre pantallas y adolescencia.
Serie: Adolescencia (Netflix), lo que pasa dentro del teléfono de un hijo de 13 años, contado en cuatro planos secuencia sin anestesia.
Podcast: Sold a Story, (Spotify) de Emily Hanford, sobre cómo se enseñó a leer mal a millones de niños en Estados Unidos. Se dice «leer».
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