Andrea Chávez Treviño es cliente frecuente de los siete pecados capitales. Entre sus favoritos hay por lo menos tres pero, por la coyuntura nacional, hablaremos de uno solo: la soberbia. El pecado que hoy le ha arrebatado la candidatura de Morena a la gubernatura de Chihuahua; el pecado que le ha salido más caro y menos ha disfrutado; el pecado que incluso le provocó un regaño público por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Y es que la pequeña chihuahueña, actualmente de 29 años de edad, en lo que va del claudismo se enfundó en el vestido de la arrogancia al grado de creer que “su superioridad” estaba por encima de los intereses de un partido político y, sobre todo, por encima de los intereses de la mujer que hoy gobierna todo este país.
La factura le fue cobrada esta semana y, de ser “la consentida del edén”, Andrea Chávez pasó a ser “la marginada del paraíso”. La coordinación estatal para la defensa de la Cuarta Transformación en Chihuahua le fue dada a Cruz Pérez Cuéllar. A pesar del activismo de Andrea. A pesar de la popularidad de Andrea. A pesar del padrino de Andrea, Adán Augusto López Hernández.
Pero el destierro no es reciente ni por una sola razón. Recordemos que la Chávez ha venido acumulando una serie desencadenada de escándalos que han comprometido a más de una institución. Ahí están los vuelos privados en aviones del Ejército Mexicano. Que no se nos olvide que hizo propaganda anticipada financiada de manera irregular. Y qué decir de las ambulancias con su imagen “donadas” por un empresario cercanísimo a Adán Augusto López.
Por todo eso y más desde el año pasado la doctora Sheinbaum ya traía en jabón a la entonces senadora de la República, por el cinismo en su hambre de poder. Por el escándalo de su campaña anticipada fue que la presidenta dio el manotazo en la mesa. Incluso lo consigné en una entrega de esta columna Política para guapos publicada en abril de 2025 titulada “A Andrea Chávez se le borró la sonrisa” (leer aquí). La Chávez tuvo que salir a decir que estaba de acuerdo con la Presidenta (sólo faltaba que dijera que no) y que quitaría su nombre y su rostro de las ambulancias (vaya, qué detallazo).
¿Pero qué hacía que Andrea Chávez se sintiera todopoderosa? Sin duda su cercanía con Adán Augusto López, a quien el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador lo consideraba “su hermano”. Lo que no consideró Andrea Chávez es que en la política las dinastías del poder tienen fecha de caducidad. En lenguaje para guapos: la Chávez se amarró al padrino equivocado. Y es que en el ajedrez morenista, apostarlo todo a la sombra de los López (de la temporada pasada) y jugar a la guerra sucia contra sus propios correligionarios fue un tiro que le salió por la culata.
Su notoriedad también le salió por la culata, porque si bien es cierto que Andrea tiene eso que muchos políticos tardan años en conseguir, también es cierto que la notoriedad no necesariamente es poder. Una encuesta y una gubernatura no se gana solamente acumulando simpatizantes en redes sociales, recorriendo municipios o apareciendo en espectaculares. También se gana —o se pierde— negociando con grupos, aliados, dirigencias, estructuras territoriales y factores de poder. En eso le faltó colmillo y le sobró soberbia a Andrea Chávez.
En la nueva era del claudismo, donde la disciplina silenciosa vale diez veces más que el show de Instagram y de TikTok, el exceso de reflectores estorba. Sobre todo si alumbran más que a la presidenta. A Andrea Chávez se le olvidó que la política no es solo estar guapa en las mesas de debates, sino una mesa de carnicería donde los egos inflados son los primeros que entran al molino para hacer carne de picadillo.
Desde mi opinión la no elección de Andrea Chávez deja varias lecturas, entre ellas, la victoria de la presidenta Sheinbaum en las vencidas con el cártel Tabasco que, para su mala suerte, tenía como una de sus representantes a la Señorita Soberbia: una joven que quiso volar tan alto en aviones ajenos que las alas de cera se le derritieron en pleno sol de Ciudad Juárez. La niña consentida del edén tabasqueño creyó que la gubernatura venía incluida en su membresía VIP, pero en Morena —ya se sabe— las lealtades y los amores duran lo que dura un estornudo.
*(@betotavira)
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