Un país que organiza la búsqueda con más talento que la permanencia es un país que se acostumbró a contar ausentes.
Búsqueda quiere decir que alguien ya no está. No localizada quiere decir que el Estado se enteró después. Homologado quiere decir que por fin se pusieron de acuerdo para buscar lo que no supieron cuidar. El fracaso no empieza en la fosa. Empieza en el membrete.
El nombre como profecía llega tarde por definición. Es como llamar a los bomberos «Cuerpo de Casas Ya Quemadas» y sorprendernos de que casi nunca lleguen a tiempo.
Muy conveniente y cómodo para el Estado pues le quita la responsabilidad de cuidarnos y curarse con la búsqueda.
¿Por qué no un protocolo de no pérdida?
Sonaría feo. Sonaría a letrero de feria. Pero diría lo esencial: que el Estado no está para hallar cuerpos con dignidad —aunque también— sino para que la gente no se esfume entre la caseta y la casa.
Porque no, no se trata de encontrar más rápido a los que ya se fueron; se trata de que no se vayan. Ahí está la trampa semántica, el pecado original: le llamamos «protocolo» a lo que en realidad es un obituario administrativo con plazos.
Un protocolo de no pérdida pediría otras cosas. Que el nombre de una persona no tenga que volverse ficha para que el Estado se ocupe de ella. Que el país deje de celebrar localizaciones como si fueran milagros y empiece a contar las que no hicieron falta.
No queremos ser un país experto en buscar.
Queremos ser un país al que no se le pierda la gente.
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