Entre líneas
El investigador mexicano Francis Castel, graduado en Psicología en la Universidad Autónoma de Barcelona ha identificado algunos de los principales problemas de México. Y no ha descubierto nada que no sepamos, aunque los ha ordenado medianamente bien y por categoría de urgencia para ser atendidos: 1. Inseguridad y delincuencia, 2. Pobreza, 3. Desigualdad, 4. Corrupción, 5. Justicia, 6. Desempleo, 7. Dificultad para el acceso a los alimentos, 8.
Escasez del agua, 9. Educación pública de baja calidad, 10. Discriminación, 11. Machismo y violencia contra la mujer, 12. Sistema de salud quebrado.
Es una enumeración dramática del estado de nuestro país y debería de preocuparles y ocuparles mucho más espacio en los discursos de los políticos o en nuestros sesudos análisis periodísticos. Pero no. Hay gente como Javier May, el “todavía” director de FONATUR, y un ramillete de inocentes cabezas de turco arrancadas por él, que se empeñan en que lo más importante en nuestras vidas presentes y futuras es que él, uno de tantos fundadores de MORENA en Tabasco, tiene el derecho adquirido para ser Gobernador. No dice para que quiere serlo, ni si tiene contemplado el arreglar alguno de los lastres económicos y sociales que arrastran al estado. Solo exige su derecho a ser Gobernador y le deja poco tiempo al Tren Maya del que le suele sacar las castañas del fuego su odiado secretario de Gobernación, Adán Augusto López. Además reclama el derecho a disentir y olvida su deber, y el de sus seguidores, de lealtad al proyecto por el que fueron votados y a la persona que los nombró. Naturalmente que tienen el derecho a pensar como quieran y expresarlo, faltaría más. Pero también tienen la obligación de tener compromiso y lealtad con quien los nombró en un cargo, con presupuesto y salario. Es lo mínimo que se le puede exigir a alguien a quien le das confianza para que te ayude a poner en marcha tu proyecto.
La evolución de la política mexicana de los últimos años me recuerda a la que ha experimentado la música rock durante las últimas décadas. En líneas generales, los niveles de ruido, dureza, distorsión, irritación, provocación, visceralidad y agresividad no han cesado de aumentar, en una escalada que parece no tener fin. Nuestros políticos cruzan casi cada semana líneas a las que hasta la fecha nadie se había atrevido siquiera a acercarse. Su capacidad de sorprendernos en este sentido no tiene límites y han olvidado que están ahí por la necesidad de participar en las decisiones que nos atañen a todos. No sé qué tiempo es el ideal permanecer en política activamente, pero sí que creo que no debe de ser un tiempo demasiado largo el que se esté en primera línea. La prueba es Rafael Elías Sánchez Cabrales que pasó de apropiarse de Jonuta para después ocupar Macuspana y ahora hizo el mismo camino en Emiliano Zapata. Sánchez Cabrales y su familia llevan décadas ocupando espacios laborales, adjudicándose obras y contratos y sin salir de la cámara de diputados local, en guardia permanente en el recinto, cobrando dietas y asistiendo a comisiones a las que ni siquiera pertenece con el objetivo de seguir metiendo mano a todo lo que se mueva y que mueva dinero de por medio o de principio o de final. Y nadie le para los pies.
En política se puede estar de mil formas. Pero estamos acostumbrados a oír a gente que conocemos decir: «Yo paso de la política», «estar en política solo te traerá disgustos», «no te metas ahí, son todos iguales»… Y eso es producto de los Rafaeles Elías Sánchez Cabrales que abundan y que dan una imagen rastrera y distorsionada de esa noble actividad que muchos ejercen costándoles su tiempo y su dinero con todas las ganas del mundo por hacer el bien común. Y ya es hora de que pasemos de ser víctimas de «su» política, a ser protagonistas de «nuestra» política. Participaremos más o menos, pero todos hacemos política, unos mojándonos y tomando partido, otros protestando y optando por todas las opciones que se nos ofrecen.
El hecho de tener el derecho, y poder ejercerlo, de ir a votar nos hace a todos participes de la política. El pagar nuestros impuestos y poder exigir responsabilidades sobre lo que se hace con ellos, nos hace participes de la política. Antonio Machado, a través de uno de sus personajes, el profesor Juan de Mairena, decía: «La política, señores, es una actividad importantísima. Yo nunca aconsejaré el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen los trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el obtener ganancia y colocar parientes».
Pero, nos guste o no, todos, todas somos política, todo es política y todo se mueve por política.
Por suerte, con sus mil defectos e imperfecciones, vivimos en un país, México, donde podemos expresar nuestras opiniones, elegir entre las distintas opciones, e incluso, si no la encontramos, tenemos la posibilidad de crearla, todo es posible.
La realidad nos demuestra, y vuelvo a Machado, que es cierto aquello de que «si nosotros mismos no hacemos política, otros la harán por nosotros y, seguramente, contra nosotros».
