“La mejor venganza es ser diferente de aquel que ha causado el daño”
Marco Aurelio
Con diferencias en la intensidad y esfuerzo que cada individuo imprime en su día a día, estamos acostumbrados a tratar de controlar lo que sucede a nuestro alrededor. Tomar control sobre las cosas nos brinda certeza y cierto nivel de tranquilidad. Sentimos una necesidad imperante de tener control sobre personas y sucesos que se nos presentan rutinariamente.
Ser responsables e intentar dar mantenimiento correctivo y preventivo a las diferentes facetas de nuestra vida nos permitirá un desarrollo adecuado y promisorio. Sin embargo, caer en excesos intentando que todo elemento esté bajo nuestro control, no solo es imposible, sino que resulta muy poco saludable.
Los sucesos son impredecibles. Nadie puede decirnos cuándo y dónde se nos presentará cierto tipo de suceso o individuo. Por supuesto que existen algunos eventos que podemos predecir con cierto nivel de certeza, sin embargo, siempre quedará algo fuera de nuestro alcance.
No podremos proyectar con absoluta exactitud qué nos sucederá en el próximo minuto, pero sí podremos planear, esbozar escenarios y ejecutar ciertas acciones al momento que el hecho se materialice.
Intentar controlar de más las situaciones se traduce, como sucede con todo exceso, en un desgaste físico, mental y emocional que lejos de favorecernos, merma nuestro desempeño y con ello nuestra productividad y eficiencia.
Por todo ello, una de las tareas más importantes y que mayor valor representa, radica en saber qué realmente podemos controlar y qué excede de nuestra capacidad de control. Lograr esta división se traduce en una planeación y ejecución adecuada de acciones sobre aquello que está en nuestras manos, en la realización de acciones para construir los escenarios que queremos y evitar los que no queremos, y planear las reacciones que llevaremos a cabo en caso de que alguno de estos escenarios se cumplan. Este complejo discernimiento nos permitirá concentrar nuestra energía, atención y talento en lo realmente importante, dejando de lado preocupaciones que distraen nuestros recursos, alcanzando de esta forma cierto nivel de tranquilidad.
Epicteto, uno de los granes estoicos que en este espacio solemos tomar como referencia, sostenía que uno de los grandes retos del hombre era el separar lo externo que está fuera de su alcance, y definir con claridad qué debe hacer con aquello que sí es susceptible de su dominio.
Si realizamos un breve análisis de todo aquello que nos rodea y que desafortunadamente nos preocupa y agobia, nos daremos cuenta que la gran mayoría no puede ser controlado por nosotros.
Tenemos control sobre nuestros hábitos, acciones y actitudes, y en ello descansa nuestra gran fortaleza. Orientar nuestros esfuerzos a construir nuestro perfil, ser responsables con nosotros y con nuestra comunidad, y hacer bien aquello que nos corresponde, se traducirá en la mayoría de las ocasiones en buenos resultados y valiosas lecciones.
El control, el orden y la disciplina en su justa medida son acciones que fortalecen nuestras rutinas y con ello nuestra eficiencia. Al contrario, el excesivo deseo por controlarlo todo puede fabricar una realidad de ansiedad y sufrimiento.
Analizar, decidir y actuar; desear y prospectar escenarios óptimos, y prepararnos para aquellos que no lo son, con la tranquilidad que nos debe dar el estar seguros que no están en nuestras manos, será una fórmula adecuada para elevar la eficiencia y recuperar la calma. Inténtalo.

