
La presidenta Claudia Sheinbaum nos ha regalado una cátedra de lógica desde la mañanera, ese púlpito donde la propaganda se viste de academia. Hace unos días, con paciencia franciscana, nos explicó el principio de la transitividad: si A está vinculado a B, y B a C, entonces A está vinculado a C. Lo usó contra sus adversarios: si un periodista critica a la 4T, y la 4T es el pueblo, entonces el periodista es enemigo del pueblo; si un opositor se junta con un corrupto, entonces es corrupto. Qué bonito. Qué útil. Qué conveniente. Gracias, presidenta. Tomamos nota. Y ya que nos dio la clase, aplicaremos su misma regla con sus gobernantes, financiadores y senadores. Porque el problema no es que la transitividad sea falsa; es que en Morena es una liga que se estira para unos y se rompe para otros. Para sus adversarios, un preciso bisturí; para sus cuadros, un salvoconducto que termina en el cajón del "no hay pruebas". Empecemos por Rubén Rocha Moya. Sheinbaum ordenó brindarle protección de seguridad, alegando que "se protege su vida" como la de cualquier ciudadano. Suena humano. El problema es que el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó formalmente a Rocha de colusión con el Cártel de Sinaloa, por facilitar operaciones…
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