Desde el sexenio pasado, quedó claro que buena parte de los logros del gobierno federal se basaban en un exitoso manejo de las expectativas ciudadanas gracias a las conferencias mañaneras y los programas sociales. Esto permitió que, a pesar de las observaciones de analistas en temas concretos como seguridad y economía, la aprobación ciudadana se mantuviera en niveles elevados.
En los inicios de un nuevo sexenio volvemos a ser testigos de la manera en que la aprobación del gobierno entrante repite la fórmula ya conocida. Un ejemplo de esto nos lo dio la presidenta nacional de Morena, Luis María Alcalde, quien señaló que la derecha estaba montando una campaña en contra del gobierno federal con el tema de la inseguridad y que, incluso, los índices de varios delitos iban a la baja.
Se trata de una nueva batalla por la narrativa, en la cual lo que sucede en las calles del país se contrasta con las declaraciones de funcionarios de gobierno.
Pero el problema es que la realidad insiste en mostrar sus otros datos, como se aprecia en los asesinatos y bloqueos que se han dado en Sinaloa, los coches bomba en Guanajuato, los desplazamientos de comunidades en Chiapas, los drones atacando con explosivos en Michoacán, las fosas clandestinas que se han encontrado en varios estados del país y las cifras de homicidios que se dan a conocer con regularidad.
La insistencia de reporteros en preguntar sobre estos temas en las conferencias mañaneras, muestra como esta batalla se da en múltiples frentes, pues en tanto que en medios y otros espacios noticiosos digitales se da cobertura a hechos violentos relacionados con la guerra por el territorio de los cárteles de la droga, en medios y con usuarios de redes sociales afines al gobierno se trata de minimizar esta información y amplificar las versiones que se difunden desde las mañaneras.
La falta de credibilidad de la oposición, el cambio de hábitos de las audiencias en detrimento de los medios tradicionales y a favor de los digitales –copados por propagandistas en muchos casos– son factores que juegan en beneficio de la causa gubernamental, que mantendrá altos niveles de aceptación ciudadana.
Pero este bando debe tener cuidado, pues repetir una fórmula –aunque sea una probada– puede conducir rápidamente al desgaste y la inefectividad, además de que por más que se pronuncien discursos, si la realidad muestra otra información, el descrédito y la falta de credibilidad pueden ser compartidas entre la oposición y el gobierno federal.
El ejemplo de lo que sucede en Sinaloa con un gobernador cuestionado, con exigencias de que renuncie ya sea por voluntad propia o por un proceso de revocación de mandato, debería ser una señal de que esta estrategia podría estar en su límite y que un cambio en este ámbito ya es urgente.
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