“Por el sur y por el norte vienen los vientos de la muerte”, escribió en su cuenta de X (antes Twitter) el presidente colombiano Gustavo Petro. A esa declaración se sumó el “esto no se va a dar en México” sentenciado por la presidenta Claudia Sheinbaum en su conferencia matutina del pasado 15 de diciembre. El cuadro de reacciones ante el triunfo de José Antonio Kast en Chile se completó con la advertencia de Nicolás Maduro: “el que se mete con Venezuela, se seca y usted se puede secar aceleradamente”, emitida luego de llamar a Kast “seguidor de Hitler”.
Estas reacciones muestran la percepción de los principales líderes políticos de la izquierda latinoamericana tras la elección en Chile que definió al próximo presidente de la nación sudamericana en reemplazo de Gustavo Boric.
Las declaraciones revelan una preocupación por las recientes victorias electorales de la derecha en América Latina. Tras el triunfo de Javier Milei en Argentina, las victorias continuaron en Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá y República Dominicana. A esto se suma que en Bolivia el movimiento afín a los gobiernos de Venezuela y México retrocedió.
Se trata de un temor justificado por la manera en que la izquierda —incluso la llamada populista— ha ido perdiendo poder en las urnas. La decisión de Donald Trump de impulsar, como en Honduras, a candidatos identificados con la derecha —e incluso con la ultraderecha—, confirma aún más esos temores.
Estas reacciones evidencian que el discurso izquierdista —aún el llamado “populista”— está perdiendo su eficacia. La retórica de la bonanza, del gran apoyo popular o de la desaparición de la pobreza ya no convence a los ciudadanos. La polarización, usada no solo como un recurso retórico sino como parte de la estrategia electoral, ya no concita el mismo apoyo que en años anteriores.
Resulta que los intentos por demonizar a la derecha y culparla de males como la pobreza o la corrupción no surten el efecto deseado. Por el contrario, esta corriente ideológica se muestra más atractiva para los votantes.
A la par, están emergiendo líderes de la derecha que conectan mejor con un electorado que empieza a desconfiar de los gobiernos de izquierda. Esto es notorio en países como Venezuela, donde no se aprecia con claridad quién podría ser el sucesor de Maduro si el actual presidente decide no volver a participar en una elección. Igualmente, en Brasil es pertinente plantear la pregunta sobre el sucesor de Lula da Silva en una próxima campaña electoral.
Finalmente, los resultados entregados por los gobiernos de izquierda en la región han funcionado como la mejor propaganda a favor de la derecha, en especial si hablamos de crecimiento económico, seguridad pública, salud y otros temas. Es claro que la izquierda debe estar preocupada por su futuro electoral.
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