Juna María Alponte
Excelsior sábado 22 de abril de 1998
Cada Premio Nobel levanta, en la memoria colectiva, el trueno y el relámpago de una polémica. Cada lector ha elegido, en su cabeza habitada por los sueños, ¨su¨ Premio de Literatura. La Academia sueca, círculo de tiza y lego -podría decir Bertolt Brecht-, desconcierta a veces, enciende cóleras, a sume consensos ambiguos e imprecisos
…El Premio Nobel llamado. Octavio Paz era casi inevitable: como la marea que choca, como la lava, contra un muro de granito. Confieso que es un Premio, por ello, que no me interesa. Para mí el concedido a Octavio Paz, el·22 de junio.de 1989, el Premio Alexis de Tacqueville, es el Premio más noble y más claro a la obra de la inteligencia, que pueda recibirse al servicio de la libertad. Por ello, como siempre, apenas: se ha ·hablado. de ese premio. Nos sobran ¨las palabras; nos faltan veracidades; nos escasean las reflexiones que nos desenganchan de la mitología.

«Pronto descubrí (diría Octavio Paz al recibir el Premio Tocqueville a la · hora de un discurso, que bien vale una misa) que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era.inseparable de la defensa de la libertad. De ahí interés apasionado por los asuntos políticos y sociales que han agitado nuestro tiempo…»
Francoise Mitterrand, presidente socialista de Francia, que entregaría el laurel de Tocqueville a Octavio Paz, había subrayado, en su discurso, la médula de ese encuentro:
¨Francia, la que usted frecuenta tan asiduamente, mi querido Octavio Paz, lo acoge con el placer de siempre y saluda en su persona tanto al poeta como al hombre libre y al amigo¨.
¨Mi gratitud – le contestaría Octavio Paz después- por esto es doble; al hombre de Estado y al escritor francés, un idioma cuya literatura ha sido mi segunda patria espiritual. ¨
En el mes de junio de 1989, Li Ruihao, terminadas ya las luchas estudiantiles de mayo en el centro urbano y dialectico de Pein, escribía unos versos memorables; ¨Plaza de Tian An Men/Plaza divina/Plaza sagrada/ La más grande plaza bajo el cielo/ Tu misma no puedes contener/ a una juventud tan pura…
Se olvida en esa, en esa fuga hacia adelante, pero mirando siempre hacia atrás, que en el año de 1989 fue el de la Plaza de Tian An Men y el año -justamente el 7 de noviembre- en que se derrumbaron los muros en Europa. De ahí la importancia del Premio Tocqueville de 1989 porque, sin profetizarlo, su Jurado, colocaría a Octavio Paz ante la crisis de las profecías: ¨
¨La crítica de las revoluciones ha sido hecha – dijo Paz- por los nostálgicos del orden antiguo y por los liberales (en el sentido amplio del término liberal: más que una doctrina un temple filosófico y político). A la inversa de la crítica refaccionaria, la liberal ha sido eficaz; desmontó la construcción ideológica de las revoluciones, les arrancó la máscara religiosa y las mostró en su desnudez histórica, profana. El liberalismo no se propuso substituir esas construcciones con otras; la índole misma de la tradición intelectual, esencialmente critica, le ha prohibido proponer, como las otras grandes filosofías políticas, una meta historia. Este dominio había sido antes de las religiones, el liberalismo no ofreció nada en cambio y circunscribió la religión a la esfera privada. Fundó la libertad sobre la única base que puede sustentarla: la autonomía de las conciencias ajenas. Fue admirable y también terrible, nos encerró en un solipsismo, rompió el puente que unía el yo, y el tu y ambos a la tercera persona; el otro, los otros. Entre libertad y fraternidad no hay contradicción, sino distancia – una distancia que el liberalismo no ha podido anular.
¨ ¿Cual podía ser el fundamento de la fraternidad? inspirados en los antiguos, Robespierre y Saint-Just quisieron fundar la solidaridad de los ciudadanos en virtud. ¿Sólo que cual puede ser el fundamento de la virtud? Los jacobinos, como después su descendiente, los bolcheviques, no se hicieron esta pregunta. Mejor dicho, su respuesta fue la virtud por decreto, el terror. Pero el terror no puede engendrar sino dos fraternidades inconciliables: la de los verdugos y las victimas…¨ ¿Como escuchaba Miterrand? En ese mismo año de 1989, año de la quijada seca de la memoria del pasado y de la agonía del porvenir -porque no hay un fin de la historia- Miterrand, líder socialista, había tenido que enfrentarse con un problema real de la praxis política. En ese año, el de los últimos muros que dividían Berlín y el mundo en ¨fraternidades inconciliables¨, ante el segundo centenario de la Revolución francesa se le había interrogado, en el Eliseo, sobre un tema aun ¨inconciliable¨; si, finalmente, los restos de Robespierre, el líder de la Convención Revolucionaria y del Terror (en los manuales franceses la palabra se escribe con una ¨T¨ mayúscula para definir que no se trata de un ¨accidente gramatical¨, sino de una periodización histórica concreta), serian conducidos, como los de Voltaire, el héroe ético del Tratado de la tolerancia, al Pantheon de los hombres ilustres de Francia. Miterrand como todos los presidentes anteriores, a la derecha y a la izquierda, contesto así:
¨No, porque Robespierre, tiene manchadas sus manos de sangre francesa¨. La guillotina, la virtud por decreto, no permitían, en Francia, ese tránsito. ¿Dice Algo?.
Había dicho Octavio Paz, al comenzar su discurso, que cuando le anunciaron la decisión del jurado ¨mi primera reacción, lo confieso, fue de asombro y aun de incredulidad:
¨ ¿Por qué a mí un poeta? Pronto vislumbre la razón, una y otra vez, movido tanto por los accidentes de mi vida como por los cambios y trastornos del mundo y de mi país, he participado en la vida política y he escrito algunos libros sobre la historia y la política de nuestro tiempo. Más allá de los dudosos méritos de mis escritos, me imagino que se ha querido premiar en mí, escritor de un continente con frecuencia desgarrado entre forzosa inmovilidad de los despotismos y de las convulsiones de los sectarios, a una fidelidad. En efecto, siempre he procurado ser fie la esa actitud que ejemplifican la obra y la persona de Alexis de Tocqueville y que puede resumirse así: mi libertad comienza con el reconocimiento de la libertad de los otros. En los albores de la edad moderna, ante un espectáculo que después se ha repetido muchas veces, el tirano disfrazado de libertador, Chateaubriand, escribió estas palabras proféticas: ¨La revolución me habría arrastrado… pero vi la primera cabeza sobre la punta de una pica, y retrocedí. jamás veré en el asesinato un argumento de libertad…¨
Cuando Octavio Paz recibió el Premio Tocqueville acaba de cumplir, apenas, sus 75 años el 31 de marzo. Alexis -Charles-Henri de Tocqueville, memorable autor de ¨De la Democracia en America¨ -indagación critica de la democracia, la igualdad y la libertad-, y de numerosos libros más, había nacido en 1805, cuando la Revolución se transformaba en Imperio. En efecto, Napoleon, entre el golpe de Estado de 18 Brumario (9 de noviembre de 1799) y su auto-coronación el 2 de diciembre de 1804 en la iglesia de Notre-Dame, cambio el curso de la historia. Los excesos del pasado le hicieron dueño de su propio exceso como si fuera un liberador. Lección trágica. Para Unamuno.

En el fondo, Octavio Paz, al elegir aquel texto de Chateaubriand, en el párrafo subrayado por el poeta mexicano, añadía: ¨No conozco a nadie más cobarde, más obtuso que un terrorista. ¿ No encontré después de toda esa raza DE Brutos al servicio de Cesar y de su policía?… ¨
Estremece, sin duda, para su tiempo y para el nuestro, esa referencia sobrecogedora. Cada déspota ha tenido, y no per accidens, sus Berias: a los grandes ejecutores y a la corte de los halcones miserables. Rondan nuestra imaginación caliente la memoria, en Tlatelolco. Octavio Paz se despidió de las diplomacias, entonces para escribir, su propia disidencia ética, en 1968. En su ¨Posdata¨¿lo recuerdan? diría estas palabras que traspasan la herida piel de los balazos y las devaluaciones; ¨La acción de los gobiernos, por su parte, posee la capacidad de todos los realismos a corto plazo que, a la larga, producen los cataclismos o las decadencias. Fortalecer el statu quo es fortalecer un sistema que crece y se extiende a expensas de los hombres que lo alimentan; a medida que aumenta su realidad aumenta nuestra irrealidad… ¨Acaso nos valgan, esas palabras, para nuestra praxis cotidiana.
Alexis de Tocqueville fue, como Octavio Paz el testigo de un tiempo tormentoso. Estuvo en sus raíces y en sus dilemas. Hijo de una familia aristocrática fue la antítesis del convencionalismo, esto es, de las frases hechas y de las palabras construidas para el intercambio, cotidiano de las infamias.
Se afirmo en sí. Estuvo emparentada su familia con otra que, del mismo rango – como la fuera la del barón Montesquieu el teórico de la democracia como practica irreversible de la separación de poderes – que tuvo un hombre admirable en su tronco genealógico. En efecto, de la familia que hablo, emparentada con la de Tocqueville, s la familia de Malesherbes. Con él, en realidad, ex ante, se inventan y modelan los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Antes, desdé luego, de su aprobación el 26 de agosto de 1789. El viejo Cristian Guilermo de Melesherbes. A quien no conocerían Tocqueville, al producirse la Revolución francesa pudo alejarse de Francia. Cuando en 1792 se planteó el juicio de Luis XVI ante la Asamblea, Cristian Guillermo de Malesherbes -que estaba a salvo- regreso a Francia y pidió, como abogado, defender, si se le permitía y el ex monarca lo autorizaba, la vida de rey. Luis XVI nombro a dos que se rehusaron a hacerlo. Podían haber sido, después, los policías del Cesar.
Malesherbes se impuso. No eludo algo ineludible: una mujer extraordinaria, Olympia de Gousges, dramaturga, revolucionaria de hueso colorado, libre sexualmente y resuelta, en una carta deslumbrante que no seré de recibo para los burócratas adscritos, siempre a ¨la línea¨; por abominable que sea el ¨dictado¨ a seguir. Ella decía, en ese texto, lo que sigue: ¨Yo me ofrezco, después del valeroso Malesherbes, como defensora de Luis. Dejemos al margen mi sexo; el heroísmo y la generosidad son también parte de las mujeres y la revolución ofrece más de un ejemplo. Yo soy franca y leal republicana sin tacha y sin reproche, nadie lo duda inclusive aquellos que fingen desconocer mis virtudes cívicas. Puedo, pues, encargarme de esa causa. Yo creo a Luis culpable como rey, pero despojado de ese título proscrito deja de ser culpable a los ojos de la República… No es necesario hacer caer la cabeza de un rey para matarle…¨ ¿Que les parecería a los ejecutores de oficio?
Malesherbes fue ejecutado, pese a su noble talante y a su actitud cívica ejemplar, el 22 de abril de 1794; un día después de que cayera bajo la guillotina la cabeza de Rosanbo, un miembro de la familia de Tocqueville. En cuanto a Olympia de Gouges cabe decir algo más. Fundo, frente a los clubes masculinos jacobinos, los primeros clubes de las mujeres revolucionarias y redacto la primera Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana puesto que, como es bien ¨desconocido¨, los Derechos del Hombre y el Ciudadano, como el voto, se refería sólo a los varones. La falocracia es vieja,
Robespierre ordenó el cierre de los clubes femeninos y envió, en el tumulto de las ejecuciones por decreto, a Olympia de Gouges a la guillotina. La cultura fálica dominante, pueril y reaccionaria, ha hecho casi imposible encontrar su nombre en las memorias de la Revolución.
Alexis de Tocqueville, atleta de las letras y de la tolerancia, hizo la reflexión crítica de los regímenes de las nuevas burguesías euroamericanas. Murió joven: el 16 de abril (el abril luminoso del premio que lleva su nombre) de 1859. Eran las 7 de la noche. Enfermo de tuberculosis terminal había huido de Paris, con su esposa, hacia Cannes, en busca de un mejor clima. En el camino los encontró y siguió una tormenta de nieve. La esperada y ansiada recuperación se hizo difícil. Todavía escribe, atado a la muerte, cartas magníficas a sus amigos (su correspondencia merece el título admirable) para invitarles a que estén tranquilos. Escupía sangre. Como Voltaire (que murió el 30 de mayo de 1778, es decir, 11 años antes de la Revolución francesa que pronto le enterraría en el Panteón de los hombres ilustres de Francia), Alexis de Tocqueville tuvo que vivir el dilema, en tierra católica, de su último tránsito. Los clérigos que rodeaban a Voltaire consideraron que no estaba ¨arrepentido de sus escritos¨ y no le concedieron el derecho de ser enterrado en tierra santa. Un hombre de bien, el abad de Sellieres, El abad Mignot, decidió enterrarle en su iglesia. Tuvieron que vestir a Voltaire sus amigos, como si estuviera vivo, para sacarle de Paris en busca de Sellieres. ¨Su cuerpo, dice uno de sus biógrafos (Vicent Baidaré) abandono clandestinamente la capital de Francia.

La esposa de Tocqueville, que había nacido protestante y se convirtió, con fe magnifica, al catolicismo, le invito a la confesión. Lo hizo con dulzura. El contestó (¨Alexis de Tocqueville, 1805-1859¨, de André Jardín) así y tal como dice su biógrafo en la página 500 del libro: ¨No me hables jamás de confesión, nunca, nunca. jamás se me hará mentir a mí mismo o hacer muecas de fe cuando la fe me falta. Quiero permanecer como soy y no rebajarme a mentir¨ La mujer con ternura, le insistió. El le dijo: ¨No es la confesión en si lo que me repugna. Al contrario, me seria dulce; es una de las más bellas y admirables cosas de la religión cristiana, esa humillación del orgullo humano, el declarar las debilidades… pero la primera condición de una confesión católica es la fe en todos los dogmas de la iglesia católica y son esos dogmas, siempre contestados por mi razón y que no quiero ni reconocer ni aprobar puesto que, en realidad, no puedo admitirlos…¨
Los despojos del conde de Tocqueville fueron depositados en la cripta de la iglesia de Madeleine de Paris y de ahí conducidos a Tocqueville dode fue inhumado el 10 de mayo de 1859. Ciento treinta años después el poeta Octavio Paz (hijo de Ïrineo¨ que en griego puede traducirse como ¨paz¨) recibía el Premio Alexis de Tocqueville de manos del presidente Miterrand que, a la hora de su entierro, tuvo dos familias en el acto asombroso de la última despedida. Danielle Miterrand tuvo a su lado, en efecto, a la mujer con la que Miterrand había tenido fuera del matrimonio, una hija: Mazarine (gota a gota como su padre) que acaba de escribir, justamente, ahora, a los 23 años, su ¨Primera Novela¨. El personaje del padre, en la fábula de la adolescente, es un milagroso y cálido retrato de Miterrand. Maravilla la vida frete a los necrófilos solemnes.
En la última página del discurso de Miterand, aquel 22 de abril de 1989,sobresalían sobresaltantes, estas palabras que los sectarios del siglo XX, ese siglo de los totalitarismos y las barbaries, leerán asombrados: ¨Tocqueville observaba, en la segunda parte de su ¨Democratie en Amérique¨, que cuanto más iguales se van haciendo los hombres tanto más desarrollan la capacidad de ponerse en el lugar del otro – así se trate de un extraño o de un enemigo- y de volverse, frente al sufrimiento humano, accesibles a la piedad. La historia, de la que ni él ni usted (Octavio Paz) ni yo pensamos que sea una marcha triunfal hacia el progreso, y que vemos en cambio como el resultado aleatorio de los esfuerzos de los hombres, nos ha mostrado al menos que no es posible disociar lo que es igualdad en derechos de lo que es respeto por el otro…¨
He intentado, simplemente darles otra versión de los entierros y de los enterradores. Ojalá se sepa entender por qué.
Por lo demás un día, en 1939, después del Pacto Hitler-Stalin, Octavio Paz conoció a Víctor Segre y Benjamín Péret ¨escritores revolucionarios desterrados de México… Aquellos amigos me descubrieron otros mundos. Y, sobre todo, lo que significaba el pensamiento crítico. Como buen hispanoamericano yo conocía la rebelión, la indignación personal; no la crítica. A ellos les debo saber que la pasión debe ser lucida¨. Herejías, lucidas, claro, Monsieur de Tocqueville

Leonardo Padura: Morir en la arena
Tusquets. Barcelona, 2025. 384 páginas. Soberbia novela del gran escritor cubano que recorre cincuenta años de un país en ruinas
Matías Jaque Hidalgo
De El Imparcial de España
La literatura cubana tendría que esperar a la consolidación de Leonardo Padura para volver a aparecer en el radar de lectores que, como yo, ni expertos en la tradición caribeña ni, por cierto, indiferentes a su fuerza creativa, recordábamos como una de sus últimas voces genuinamente significativas la prosa desenfadada, brutal y exuberante de Reinaldo Arenas, muerto de sida en 1990, algunos años después de conseguir huir del régimen que tan duramente le había tratado.
Según Arenas, la única diferencia entre el comunismo y el capitalismo era que, al menos en el segundo, puedes cagarte en la bota que te oprime en lugar de besarla. Uno ya no estaría tan seguro de eso en los albores del siglo nuevo. Pero si hablamos de decepciones, y de la capacidad de transformar el desencanto en literatura, el último libro del autor de El hombre que amaba a los perros es, desde luego, una clase magistral.
En Morir en la arena, Padura echa mano de testimonios y experiencias personales para narrar cincuenta años de historia cubana. El relato toma como punto de partida a Rodolfo Bermúdez, a quien conocemos el día en que, después de décadas de servicio en la administración, va por fin a jubilarse. Esta nueva etapa no acaba de sentirse, sin embargo, como una liberación, no solo porque, en este contexto, jubilarse quiera decir, ante todo, ser arrojado a una precariedad absoluta, sino también por la inminencia de un hecho que promete conmocionar los cimientos de la poca vida que le queda por delante. Su hermano, Geni (alias Caballo Loco), está a punto de ser liberado después de cumplir treinta años de condena por cometer un parricidio.
El recuerdo de esos hechos terribles no es, con todo, el peor de los fantasmas que persiguen a Rodolfo. Su propia condena es haber pasado todas esas décadas viviendo en la casa contigua a la de Nora, el verdadero amor de su vida, que, por la conspiración estúpida del curso natural de las cosas, acaba siendo esposa del parricida. Y le persigue también el recuerdo de sus propias acciones, de brumosa iniciativa, durante la guerra de Angola, para la que se alistó por la misma razón por la que, al parecer, ha tomado todas sus decisiones o se ha inhibido de hacerlo: el miedo.
Ni Rodolfo ni nadie puede redimir las violencias del pasado, pero, en esos días de tensa espera, surge una ventana para el amor y el reencuentro en el otoño de la vida. Una segunda oportunidad ‒llevada con las dosis justas de melancolía y humor‒ para la vida que Rodolfo y Nora nunca pudieron tener.
Los dos crímenes de sangre que atraviesan la memoria de los hermanos Bermúdez, el parricidio y la guerra, crean una tensión especular interesante. El retrato del monstruo (Geni), que quisiera delegar la maldad a una excepcionalidad social y psicológica, se ve en cierta medida neutralizado por la (para usar la expresión de Arendt) “banalidad del mal” encarnada en Rodolfo, quien se ve arrastrado a la violencia en el conflicto de Angola, a pesar de (o justamente por) su naturaleza poco conflictiva, pusilánime, indecisa.
Si no te animas a incurrir en la barbarie, descuida, que la Historia te echará una mano para recordarte que eres, en el fondo, tan proclive a la bajeza como el peor de los criminales. “La Historia, la que lleva H mayúscula, me aplastó”, dirá uno de los personajes.
Predomina en Morir en la arena una conciencia metaliteraria, lúdica y socarrona, que arroja de cuando en cuando alguna palmadita en el rostro del lector, para que este recuerde que, aun con los mejores esfuerzos del narrador, existe un velo ficcional entre los hechos y la lectura.
Esta tarea recae en el mejor y más leal amigo de Geni, Fumero ‒un alter ego satírico del propio Padura‒, quien personifica las contradicciones de ser un intelectual de cierto prestigio, y por tanto privilegios, en una isla que se desmorona. Sus habilidades artísticas son aquello que le permitiría cristalizar la tragedia de unas vidas condenadas al olvido y, a la vez, el principal obstáculo para expresarlas con sinceridad. Acaso consiga “eternizarlas, no para que sigan vivas, sino para que no mueran del todo, después de tanto nadar, tirados ahí, en la arena calcinada”.

La novela es también una exploración de cuál ha de ser, en definitiva, su propio tema. Desde el punto de vista de las ambiciones literarias de Fumero, todo parece girar en torno al enigma del parricidio, que recorre la tradición literaria europea desde Edipo hasta Los hermanos Karamazov, y que Fumero está en una posición ideal de abordar, toda vez que, como “una especie de Truman Capote tropical”, se ha ganado la confianza del indomable Geni y parece ser el único a quien este podría revelar la sórdida clave moral del instante en que decidió levantar el martillo contra su padre.
Fumero reflexiona explícitamente sobre todo esto (dedica un respetable capítulo a trazar la genealogía del parricidio en la literatura), y despeja las sospechas que otros le dirigen sobre la posible instrumentalización de su amistad con el Caballo Loco. Pero su proyecto es otro.
El texto que finalmente tenemos entre manos (obra de Fumero-Padura) no aspira a revelar el lado oscuro del corazón, y quizás satisfacer con ello el morbo de quienes pretendan confirmar los límites que puede alcanzar la degradación humana en la dictadura comunista favorita del consenso liberal oficial. Es una tarea a la vez más humilde y profunda: “… de quienes pretendo y por fin voy a escribir es de gentes como ella [Nora] y Rodolfo: de los derrotados o vencidos que nunca pelearon, los golpeados, los comunes y corrientes, esos seres que se deslizan hacia un final de vida lamentable […] víctimas del miedo”. Los que mueren nada más alcanzar la arena, después de todo una vida nadando en las confusas aguas de la Historia.
Confeccionado con todos los trucos narrativos de un autor que domina como pocos el género de la novela negra (hay algún cameo del mismísimo Mario Conde, protagonista de sus novelas policiales), Morir en la arena es ante todo un homenaje a los cubanos de su generación, en el que se deja ver una profunda sensibilidad para alcanzar el meollo de las cosas y eludir los estereotipos ideológicos. Se nutre de una perspectiva que Padura se ha ganado a pulso, la de ser una voz crítica dentro de una sociedad en la que ha elegido vivir e insistir, a la que ama sin que ello se equipare con la candidez.
Y es, cuenten con ello, una novela endiabladamente divertida. Decir que el libro combina un crimen horrible, una entrañable historia de amor y un ambicioso recorrido por la historia social cubana no sería, en definitiva, garantía de nada, si no fuera porque tales elementos están soberbiamente hilvanados por una voz sólida, una conciencia aguda y experimentada, que hace que ni se nos pase por la cabeza, una vez embarcados en las primeras frases, dejar de leer hasta el final.
Juego de Ojos

La vida secreta
Miguel Ángel Sánchez de Armas
Acompáñeme el lector a un viaje al pasado, a 1927. En una oficina cualquiera de una revista cultural que no paga a tiempo, en la metrópoli mágica que un periodista -¿quién más?- bautizó “La gran manzana”, un hombre miope dibuja perros imposibles en los márgenes de las cuartillas. Mientras en la redacción discuten acaloradamente los contenidos de la siguiente edición, él se imagina a los controles de un hidroavión en medio de una feroz tormenta.
Luego levanta la vista, sonríe apenas y sigue corrigiendo los textos desparramados en su escritorio. Se llama James Thurber y, sin proponérselo, inventó una forma moderna de evasión: la fantasía como mecanismo de supervivencia.
La vida secreta de Thurber no fue la de un héroe épico sino la de un observador con ojo clínico. Nació en 1894 en Columbus, Ohio. Su infancia quedó marcada por una flecha de juguete que le dañó la vista. Con los años casi quedó ciego, pero no cayó en la solemnidad ni en la amargura. El accidente lo convirtió en un especialista en mirar hacia adentro.
Pasó por la universidad sin graduarse y tuvo empleos menores antes de llegar a The New Yorker, su territorio natural. Su humor no era estridente y se mantuvo alejado de la sátira política. Lo suyo fue la comedia doméstica, la guerra fría entre esposos, la neurosis urbana.
En 1939 publicó el relato que lo haría inmortal: La vida secreta de Walter Mitty, un personaje gris, opaco, que mientras maneja al supermercado entre la lluvia de consejos e instrucciones de su bien intencionada pero implacable esposa, desprende la imaginación de su cuerpo para convertirse en comandante naval, cirujano brillante o piloto temerario. Mitty es el grial de millones de lectores que sobreviven gracias a la imaginación.
El cuento es breve, casi minimalista, pero su mecanismo es perfecto. Cuando Walter está a punto de culminar la más compleja intervención a corazón abierto en condiciones brutalmente adversas, la realidad de la voz de su mujer rompe la fantasía: “¿Te acordaste de comprar las chanclas?” … y el héroe vuelve al asiento trasero de su vida.
El éxito fue inmediato. Mitty se convirtió en adjetivo cultural, aunque no estoy seguro de que en esta era digital sea recordado y menos entre nosotros. Cuando un gringo llamaba a otro “un Walter Mitty” lo acusaba de vivir fuera de la realidad. Hay dos películas inspiradas en el cuento, de 1947 y 2013, pero no capturaron el sentido profundo: Thurber no se burla de la imaginación, la defiende.
James no fue sólo cuentista. Publicó varias colecciones. Y siempre dibujó perros de líneas temblorosas y ojos desorbitados tan reconocibles como su prosa. Su humor tenía una cualidad que extraño: elegancia sin pretensión. Se ríe del matrimonio, del machismo doméstico, de la autosuficiencia masculina que se derrumba ante una mujer práctica. En El asiento del gato un empleado insignificante planea el asesinato perfecto contra una compañera dominante … y … bueno, hay que leerlo. En La noche en que la cama se cayó, un hogar se convierte en campo de batalla por una confusión nocturna. Nada es grandioso. Todo es humano.
En sus últimos años dictaba los textos y dibujaba casi a ciegas. Murió en 1961, convertido en un clásico del humor. Como anécdota que no viene al caso, sepa el lector que Ohio es famoso por sus vacas, sus mazorcas y, de vez en cuando, por producir escritores: de allí salieron Sherwood Anderson, Toni Morrison y el tuerto más imaginativo de Columbus, James Thurber.
Ya dije que entre nosotros es desconocido, pero me consta que Manuel Buendía, José Emilio Pacheco y Edmundo Valadés sí lo leyeron. En sus conferencias con estudiantes de periodismo Buendía lo citaba como ejemplo de disciplina interior: mantenerse escribiendo incluso cuando no se escribe, narrar mentalmente lo que ocurre alrededor, ejercitar la imaginación como un músculo fantástico.
Algo parecido decía Edmundo Valadés -maestro de Pacheco- a los jóvenes narradores: el escritor no debe dejar de redactar sobre todo lo que le rodea, las cosas, las personas, los gestos, el ambiente. Son los ladrillos de la imaginación con los que se construye la literatrura. Thurber lo aplaude desde el más allá: Walter Mitty era un reportero de la imaginación.

Igual le ocurrió a Roald Dahl antes de ser escritor. En la Segunda Guerra trabajaba en la embajada inglesa en Washington y conoció al novelista C. S. Forester. Le contó una anécdota de cuando fue piloto en África y éste de inmediato vio la posibilidad de un cuento. Le pidió escribirlo pero le advirtió: “los personajes se vuelven reales cuando el narrador introduce pequeños detalles concretos -un gesto, un objeto, una manía- que el lector pueda ver. Roald comprendió y así arrancó su carrera literaria.
Thurber entendió bien ese principio: la imaginación necesita apoyarse en detalles visibles para volverse creíble. La imaginación como acto de resistencia íntima. En el ruido político y los heroísmos impostados que generan las clases gobernantes, el escape mental de la imaginación es un gesto de libertad. No para huir del mundo, sino para soportarlo. No es una fuga, sino una forma de respirar cuando la realidad asfixia.
Thurber no pretendió ser ni moralista ni analista. Veo su fotografía y sus dibujos y lo imagino el cronista de la sala, del despacho sombrío, del matrimonio que discute por nimiedades mientras el mundo promete grandezas.
Por eso vale la pena buscarlo y pedirle permiso para que Walter Mitty nos escolte. No para convertirnos en héroes de guerra ni en cirujanos legendarios ni en compañeros de Ben Bradley y Katharine Graham en el fragor de la batalla de Watergate, sino para recordar que la imaginación puede ser una forma de libertad cotidiana.
Quizá Thurber sólo estaba diciendo lo que Buendía sabía: el escritor trabaja incluso cuando parece que sólo observa.
8 de marzo de 2026
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