Mucho se debate en el escenario electoral mexicano sobre un supuesto relevo generacional en la clase política. Sin embargo, el detalle principal es que quienes más promueven este discurso son los propios integrantes de dicha élite. En un contexto de campañas adelantadas y de una incesante búsqueda de la popularidad para ganar encuestas internas, pareciera que todo se vale, incluso la práctica de elogiarse a uno mismo para moldear la percepción ciudadana.
El verdadero problema con este relevo generacional no radica en la legítima llegada de jóvenes a las candidaturas o a los cargos de gobierno. El fondo del asunto es que, a pesar de su corta edad, estos nuevos cuadros continúan reproduciendo las mismas mañas, vicios y trucos metodológicos que desde hace décadas se vienen atestiguando en México.
Un ejemplo claro lo ofrece una joven senadora que aspira a convertirse en gobernadora de una de las entidades del norte del país. Esta funcionaria ha recurrido a toda clase de estrategias mediáticas para llamar la atención: desde supuestos programas de apoyo social operados con vehículos que exhiben su rostro en grandes dimensiones, hasta declaraciones estridentes y el despliegue de una estructura corporativa diseñada exclusivamente para posicionarse ante la opinión pública. Se trata de la réplica exacta de los mecanismos utilizados anteriormente por decenas de políticos tradicionales en busca de una postulación.
En estas conductas no existe novedad ni refresco en las posiciones políticas, sino la continuidad de fórmulas inauguradas el siglo pasado. El método de adelantar los tiempos para asegurar una candidatura presidencial o estatal ya lo implementó con éxito, por ejemplo, Vicente Fox dentro del Partido Acción Nacional en 1997.
Llevar a cabo supuestos informes de labores, aparecer en portadas de revistas de nula circulación —pero asociadas a costosas campañas de espectaculares en la vía pública— y realizar proselitismo disfrazado de altruismo que privilegia la imagen del aspirante son actividades que se observan, al menos, desde la década pasada. Resulta paradójico que quienes sostienen la bandera de la renovación sean personajes que han militado en más de un partido político, lo cual evidencia una trayectoria orientada a la búsqueda patrimonialista de posiciones y no una auténtica democratización.
Este discurso responde directamente al hartazgo ciudadano hacia los partidos. Para muchos electores, ver los mismos nombres de siempre en las boletas, alternando de cargos mediante el polémico «voto de castigo» o el transfuguismo, es la principal causa de abstencionismo. De este desencanto se aprovechan los políticos para mutar de siglas partidistas y presentarse como opciones novedosas, burlando la sanción en las urnas por su falta de resultados y asegurando su permanencia en el presupuesto público. Por ello, cobra vigencia la crítica hacia las candidaturas plurinominales, convertidas en refugio de dinastías burocráticas que brincan de una posición a otra sin hacer campaña. Mientras los resultados importen poco en la definición del voto, el sistema seguirá perpetuando a estos eternos aspirantes y sus privilegios.
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