La presidenta Claudia Sheinbaum y los voceros de Morena reiteran con insistencia que cuentan con el respaldo de la mayoría del pueblo y que la transformación que encabezan es irreversible. Desde el atril de Palacio Nacional, en las conferencias de prensa matutinas, se exhiben encuestas de aprobación que la estructura del partido replica en un eco constante. Las imágenes oficiales en las giras estatales muestran sonrisas, abrazos y pancartas; una narrativa oficial según la cual el cariño popular resulta innegable en cada plaza.
Sin embargo, ese discurso de fortaleza contrasta con la marcada intolerancia hacia el escrutinio público. El gobierno se dedica a elaborar listas para señalar a las cuentas y medios que, bajo su relato, se coordinan para desprestigiar al movimiento. La postura resulta contradictoria: si el respaldo ciudadano fuera tan firme e inquebrantable como aseguran, cualquier cuestionamiento u opinión en contra terminaría siendo irrelevante.
Esta práctica no es nueva. En el sexenio anterior, el expresidente Andrés Manuel López Obrador instauró una sección para exhibir a quienes, a su juicio —y no necesariamente con base en datos duros—, mentían en las noticias. La conducción de ese espacio careció de rigor periodístico y omitió el derecho de réplica de los señalados, incurriendo en constantes contradicciones.
Hoy, la historia se repite. La consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde, encabeza una sección irónicamente llamada “Derecho de réplica”. En este espacio se expone a los críticos bajo categorías como “medios de comunicación” o “cuentas de ataque”. En esos listados se agrupa por igual a periodistas de trayectoria, medios impresos y electrónicos, y a usuarios de redes sociales cuya actividad principal es señalar las fallas del gobierno.
Más allá del rechazo a la crítica, la mayor incongruencia radica en el olvido de los propios principios. En 2021, la propia Sheinbaum afirmó en la red social X: “Una cosa es hacer público un debate y otra muy diferente es hacer listas con amenazas implícitas, características del fascismo. En la 4T hay libertad de expresión. No se mete a periodistas a la cárcel. Hay libertad de manifestación y reunión”. Resulta irónico que, tiempo después, su administración recurra a la elaboración de listas para estigmatizar a quienes disienten de la línea oficial.
Si el afecto del pueblo hacia el gobierno fuera incuestionable, no habría necesidad de exhibir a los opositores, pues las falacias caerían por su propio peso. Pero si es el oficialismo el que magnifica su respaldo, ni el señalamiento público logrará silenciar las voces disidentes. Por lo demás, llama la atención el silencio del Ejecutivo sobre las redes coordinadas que defienden al régimen y atacan sistemáticamente a todo aquel que busca documentar las irregularidades del poder.
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