Los indicios apuntan a una confrontación interna que desborda la simple disputa por candidaturas. La remoción de Adán Augusto López Hernández de la coordinación en el Senado y la ofensiva tras la denuncia de un gobierno de su propio partido que lo vinculó con «La Barredora» en Tabasco marcan el inicio de una escalada. A esto se suma el vaivén de Rubén Rocha Moya en Sinaloa, cuya solicitud y posterior retorno a la gubernatura generó rechazo en legisladores, mandatarios y en la propia presidenta Claudia Sheinbaum.
Las filtraciones también dejan huella. Las imágenes del viaje de Andrés López Beltrán a Japón y de su reunión en la colonia Condesa revelan una operación de agenda tendiente a exhibir sus encuentros. Por otro lado, giros sustanciales de política pública —como el abandono táctico de los «abrazos, no balazos», la admisión implícita del fracaso de la Megafarmacia o la exposición de las pérdidas en proyectos emblemáticos como el Tren Maya y Mexicana de Aviación— exponen fisuras estratégicas entre la administración saliente y la entrante.
Asimismo, la política de seguridad causa tensión. El respaldo al secretario Omar García Harfuch y su alineación con Estados Unidos provocaron rechazo en el ala radical del partido, la cual ya había frenado su aspiración a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Paralelamente, la resistencia a la eventual presidencia de Lenia Batres en la Suprema Corte —compartida por sectores empresariales y ministros del propio Poder Judicial— fue reconocida por la presidenta Sheinbaum, quien optó por no dar un respaldo explícito a la nombrada «ministra del pueblo».
Casi todas las filtraciones que alimentan notas periodísticas y se amplifican en redes sociales provienen del fuego amigo. Batallas por plazas clave como Tabasco o Quintana Roo evidencian el choque entre perfiles afines a Sheinbaum y leales al expresidente López Obrador.
El antecedente es claro: Morena heredó vicios del PRD, de donde proviene buena parte de su militancia. El partido del sol azteca propició facciones internas, las llamadas «tribus», factor determinante en la pérdida de su registro en 2024. Hoy, el partido oficialista exhibe sus propias corrientes: facciones perredistas, sumadas a cuadros provenientes del PRI y del PAN que no comparten la ideología de sus nuevos correligionarios. La interrogante es cuánta tensión resistirá Morena, pues el control del aparato político —y no solo las candidaturas— es el verdadero botín en disputa.
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