¿Por qué el PAN —partido que solía presumir la «camaradería castrense» de sus integrantes— continúa enfrentando fracturas internas que derivan en renuncias públicas a sus órganos colegiados o a la propia militancia?
En semanas recientes, el exalcalde de Mérida, Renán Barrera, presentó su renuncia ante el Comité Ejecutivo Nacional. En su misiva, denunció la forma en que el grupo del exgobernador Mauricio Vila impone candidaturas con miras a las elecciones de 2027. Posteriormente, Adriana Dávila dimitió de la Comisión Permanente tras señalar que las decisiones de la dirigencia nacional, encabeza por Jorge Romero, alejan al blanquiazul del rumbo correcto para enfrentar los comicios del año entrante. Ambos militantes decidieron mantenerse dentro del partido, aunque hicieron públicas sus renuncias a los órganos de representación interna.
Si bien el detonante directo de estos desacuerdos es de carácter electoral, existe un factor de fondo que los panistas inconformes no abordan de cara a la opinión pública: la disputa por el control de la estructura partidista. Se trata de la denominada «onda grupera», término que describe cómo diversas facciones se han apoderado de las directivas estatales para administrar a conveniencia el padrón de militantes, la asignación de candidaturas y los recursos presupuestales.
El control de la militancia resulta clave para sus propósitos, toda vez que le permite incidir en la elección de abanderados y de los presidentes estatales del partido tras las reformas estatutarias que modificaron el método de selección directiva. Las quejas de ciudadanos que intentan afiliarse al PAN y se ven imposibilitados para cumplir con el curso de ingreso obligatorio datan de hace años. Únicamente las personas avaladas por las facciones dominantes obtienen la aprobación para incorporarse al padrón y participar en las elecciones internas, ya sea para elegir dirigencias o candidaturas.
Diversos aspirantes a presidir el partido han exhibido pruebas de cómo se les deniega el padrón o se les entrega un listado con datos erróneos. Esta situación obstaculiza el proselitismo interno, al forzarlos a perder tiempo en la búsqueda de domicilios inexistentes o en el envío de correos electrónicos a cuentas creadas exclusivamente para simular el cumplimiento del trámite de afiliación. Así, la acusación formulada por Renán Barrera respecto a la concentración de candidaturas por parte de un grupo dominante resulta plenamente verosímil.
En el PAN se ha debatido el impacto de la «onda grupera» desde la primera década de este siglo; sin embargo, poco se ha hecho para reestructurar la dinámica interna. Hoy en día, Acción Nacional funciona como una federación de grupos que pactan la designación del presidente nacional y comprometen sus votos en el proceso. La diferencia de votación en la última contienda interna ilustra la dinámica de estos consensos: Adriana Dávila obtuvo únicamente el 20 % de los sufragios de la militancia, frente al 80 % alcanzado por Jorge Romero, en una jornada donde la participación no llegó al 50 % del padrón.
Para estas facciones, ganar elecciones generales no constituye la prioridad principal. Les basta con conservar un porcentaje de votación que los ubique en el segundo o tercer lugar para asegurar prerrogativas presupuestales, colocar a sus cuadros, rotar cargos y mantener el monopolio de las candidaturas. Por ello, las exigencias de renovación generacional y apertura a nuevos perfiles son rechazadas de manera sistemática.
Ciertamente, existen militantes inconformes que denuncian esta situación, pero carecen de tribunas con alcance mediático para difundir sus posturas. A esto se suma que numerosos gobernantes y legisladores en funciones deben sus posiciones al apoyo de la «onda grupera», por lo que evitan confrontar a las estructuras que garantizan su continuidad política.
Salvo que cuenten con la fuerza numérica indispensable en el padrón para negociar cuotas de poder, estos grupos no muestran interés en alcanzar acuerdos con sus opositores internos. Por esta razón, el procesamiento de los conflictos termina con frecuencia en dimisiones mediáticas que deterioran, aún más, el devaluado prestigio de un partido que no atina a tocar fondo.
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