El debate sobre las alianzas entre los partidos de oposición en México ha generado un amplio abanico de posiciones; sin embargo, gran parte del análisis se ha erigido sobre supuestos falsos. El primero y más extendido radica en la premisa errónea de que los porcentajes de intención de voto atribuidos al Partido Acción Nacional (PAN) y al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en los estudios de opinión se sumarán de manera automática en las urnas.
La evidencia reciente desmiente esta aritmética electoral. Por ejemplo, la encuesta formulada por Consulta Mitofsky otorga al PAN un 14.8 % en la intención de voto y al PRI un 10.4 %. No obstante, esta suma no se traducirá mecánicamente en un 25 % de los sufragios en las próximas elecciones de 2027. Basta recordar lo ocurrido en la elección presidencial de 2024: mientras los agregadores de encuestas asignaban a la coalición opositora entre el 33 % y el 36 % de las preferencias electorales, la votación real captada por Xóchitl Gálvez, abanderada de la coalición Fuerza y Corazón por México (integrada por el PAN, el PRI y el PRD), descendió al 27.45 %.
Quienes promueven la suma mecánica de porcentajes omiten un factor decisivo: la transferencia del voto no es automática, pues la militancia y los votantes tradicionales de estas fuerzas políticas no siempre respaldan tales uniones pragmáticas. En 2018 y 2024, diversos sectores panistas rechazaron las coaliciones formadas con el Partido de la Revolución Democrática (PRD), al que calificaban de «abortero», o con el PRI, al que tildaban de «corrupto», optando por anular su boleta o abstenerse. De manera idéntica, en las filas del priismo persisten militantes reticentes a compartir boleta con quienes siguen considerando sus adversarios históricos.
Aunado a ello, la narrativa de la oposición adolece de solidez conceptual. Su argumento central se reduce a la urgencia de desplazar a Movimiento Regeneración Nacional (Morena) del poder, pero carece del contenido cualitativo que articuló la campaña del año 2000. En aquel proceso, la consigna de «sacar al PRI de Los Pinos» funcionó como un eje articulador con el que el panista Vicente Fox alcanzó la presidencia. Tampoco se ha rescatado la experiencia de 2010 en Oaxaca y Quintana Roo, donde el PAN y el PRD justificaron su alianza en la imperiosa necesidad de lograr la alternancia en estados gobernados históricamente por un solo partido. En aquel momento, la narrativa priorizó el bien superior de la democracia por encima de las diferencias partidistas.
En la actualidad, esta fundamentación es inexistente. En 2024 no se explicó la razón estratégica ni los objetivos de fondo de una alianza tripartita. En el escenario presente, el PRI —así como Somos de cara a la contienda presidencial de 2030— insiste en estructurar un frente opositor; el PAN muestra una postura contradictoria al anunciar el fin de las coaliciones con el PRI para luego admitir que las evalúa en el ámbito local; y Movimiento Ciudadano (MC) cierra la puerta al PRI mientras deja abierta la negociación con el PAN.
Por su parte, el partido oficialista ataca a los bloques opositores calificándolos como «PRIAN» o «MCPAN», si bien incurre en la contradicción de incorporar en sus filas a expanistas y expriistas, al tiempo que mantiene sus propias alianzas con el PVEM y el PT. En este escenario, la satanización de las coaliciones ha surtido efecto, irónicamente con el beneplácito de los propios partidos.
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