
Andrea Chávez Treviño está enferma. A sus 28 años de edad la senadora de la República por Chihuahua –quien ha construido su incipiente carrea política de la mano de Morena y de Adán Augusto López Hernández– se ha contagiado de una enfermedad engañosa pues, a quienes la padecen, no los muestra flacos, ojerosos, cansados y sin ilusiones.
Sin embargo, el padecimiento de Andrea Chávez sí presenta síntomas inequívocos para la Psicología y la Neurología, ya que la personalidad de los afectados manifiesta arrogancia, prepotencia, autoritarismo, manipulación e irritabilidad. Estamos hablando del síndrome de Hubris o, también llamada, la “enfermedad del poder” que, a decir del neurólogo David Owen –autor del libro En el poder y en la enfermedad (Editorial Siruela, 2008) “es un trastorno que se caracteriza por un ego desmedido y desprecio por los demás”.

No ha sido necesario llevar al diván a la ex diputada federal para constatar su padecimiento. Desde la llegada de Andrea Chávez a la Cámara Alta, en septiembre de 2024, la fuente –es decir, los reporteros que están físicamente en el Senado dando la nota– comenzaron a consignar en sus crónicas y en sus columnas que la diminuta chihuahueña veía en su sombra la silueta de una leona. Bueno, no lo dijeron exactamente así, pero en lenguaje para guapos la analogía resume muy bien el delirio de grandeza con el que hizo su arribo.
Las opositoras, como la diputada panista Kenia López Rabadán –sobre todo en las mesa de debate con Azucena Uresti en Radio Fórmula– también le ha dicho de distintas maneras a Andrea Chávez que, independientemente de su ideología política, tiene una pérdida de contacto con la realidad: otra de las características del síndrome de Hubris. A la Chávez, le vale. En la más reciente, la representante de Morena en la Cámara Alta la interrumpió al aire, en vivo, cantando: “Ya supérame” de Grupo Firme. ¡Háganme el ridículo favor!
Así han habido varias. Pero esta semana hubo una coordenada donde la enfermedad del poder de Andrea Chávez se topó con pared: el Palacio Nacional. Y es que el martes 8 de abril, durante su conferencia mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum le puso “un estate quieto” a Andrea Chávez que andaba muy malita de su cinismo luego de que se descubrió, a través de una investigación periodística de Latinus, que la senadora utilizó su nombre y rostro en ambulancias para hacerse promoción anticipada rumbo a la elección para la gubernatura de Chihuahua en 2027.

Y ahí sí a Andrea Chávez se le borró la sonrisa. No hay nada peor para una persona que padece el síndrome de Hubris que la pérdida de popularidad o de mando. Un día después “la leona rasguñada” tuvo que salir a decir que estaba de acuerdo con la Presidenta (sólo faltaba que dijera que no) y que quitaría su nombre y su rostro de las ambulancias –vaya, qué detallazo–, las cuales, seguirán operando –veremos, corazón–.
En resumidas cuentas la prensa tenía razón, la oposición tenía razón, la crítica tenía razón. Sólo Andrea Chávez y su patología creían que lo deshonesto e inmoral eran lo correcto. Sólo Andrea Chávez y su arrogancia creyeron que el vacío en las reglas de Morena era la manera de llenarse de propaganda patrocinada por contratistas cercanos a López Hernández. Sólo Andrea Chávez y su ego creen que ganó la senaduría por ser Andrea Chávez.

Andrea Chávez Treviño está enferma. Necesita rehabilitarse antes de auto sepultar su carrera política. A estar alturas ya tiene cavado el hoyo de la fosa. Después del manotazo presidencial Andrea debe de saber que no es, ni de lejos, “La Jefa”. La única “Jefa” tiene la banda presidencial puesta y comanda las fuerzas armadas de México.
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