“Realiza cada una de tus acciones como si fuera la última de tu vida”
Marco AurelioMuchos sostienen que a veces se gana y a veces se aprende, refiriéndose a que en la derrota se pueden encontrar valiosas lecciones. Soy un convencido de que, bajo cualquier circunstancia y aplicando la metodología correcta, es posible coleccionar aprendizajes al andar.
Es necesario que nuestros niños y jóvenes estén expuestos a figuras de éxito realmente ejemplares, que les permitan recobrar la esperanza a través de perfiles que alcanzaron la gloria teniendo la adversidad como punto de partida. Es así como muchos de los futbolistas que pudimos observar durante el Mundial de Futbol protagonizan verdaderas hazañas, al haber crecido en comunidades y contextos de enorme dificultad, a los que pudieron y supieron sobreponerse hasta convertirse en parte de ese grupo selecto de futbolistas profesionales que tienen el orgullo de representar a su país en la justa deportiva más importante que existe.
En el deporte, como en cualquier otra arena, el entusiasmo, la disciplina y el sacrificio se demuestran a través de la pasión que se imprime en cada uno de los movimientos. Así, cuando cualquier persona busca vencer a su rival, cruzar la meta o alcanzar el objetivo, imprime carácter y firmeza en sus ejecuciones.
La final del Mundial la protagonizaron dos grandes selecciones, ambas con vasta trayectoria, experiencia y un catálogo de glorias prácticamente infinito.
El ejemplo arrasa. Es así como nuestros niños y jóvenes, frente a los televisores, pueden hacer suyo el comportamiento desplegado por sus ídolos y reproducirlo en cada patio escolar y en cada callejón de la ciudad, al jugar un partido con un par de tabiques como postes de la meta en la que deben anotar. Con ello crecerán, y lo aprendido servirá para aplicarlo en otras esferas de la vida.
La final terminó y el equipo español, gracias al despliegue de un futbol práctico, ordenado y decidido a ir al frente, obtuvo la recompensa: un gol que lo llevó a levantar la Copa del Mundo y, con ello, a hacer inmensamente felices a millones de españoles y a otros tantos que no lo somos. El ejemplo fue claro: lucha, juega, intenta y alcanzarás. Construyeron su triunfo, además, barnizándolo de una decencia y sobriedad que, en los tiempos actuales, muchos atesoramos.
Frente a ellos, el equipo argentino, repleto de talento y con uno de los más grandes de todos los tiempos como eje de su funcionamiento, no logró el resultado que esperaba. Apenas se dio el silbatazo final, algunos de sus integrantes abordaron violentamente a sus rivales, distribuyendo otro ejemplo que, en ocasiones, obtiene mayor penetración entre el público, derivado precisamente de su carácter negativo.
El ejemplo no terminó allí, sino que se complementó al darle la espalda al triunfador mientras alzaba la copa. Son el triunfo más grande y la derrota más dolorosa los que ponen a prueba nuestra inteligencia emocional, misma que se manifiesta a través de nuestros actos. Mientras algunos españoles intentaban consolar a los argentinos, algunos argentinos golpeaban e insultaban a los españoles.
Genera satisfacción ser testigo de la decencia con la que los españoles envolvieron su triunfo. Duele enormemente la violencia con la que algunos argentinos ensuciaron su derrota, que, pasados los días y siendo sinceros, no ameritaba semejante despliegue de actos de falta de educación y respeto hacia el rival, la afición, el deporte y ellos mismos.
Ojalá tengamos la inteligencia para retener los aprendizajes que estas dos caras de la misma moneda -la derrota y la victoria- nos han dejado. Ojalá también que la Federación Internacional de Futbol Asociación sancione ejemplarmente a aquellos argentinos que no supieron estar a la altura de aquella gran final.
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El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

