“La tranquilidad que viene cuando dejas de preocuparte por lo que dicen”
Marco AurelioEstudié la licenciatura en una universidad privada, gracias al esfuerzo que hicieron mis padres para pagar la colegiatura. El acceso fue relativamente sencillo; los exámenes de ingreso no demandaron un esfuerzo extraordinario.
Años más tarde me propuse estudiar una maestría. Mi sueño era hacerlo en el extranjero; no obstante, mi situación económica y mis compromisos no me permitían salir del país. Así que emprendí la batalla por ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México. A diferencia de lo que viví en la licenciatura y en mi primer posgrado, me encontré con un proceso de selección sumamente riguroso que garantizaba que sólo los candidatos idóneos tuvieran una silla en el aula.
Recuerdo que lo que más me sorprendió en aquellos años fue que, además de la enorme exigencia del temario a examinar, la institución ofrecía mecanismos y opciones para fortalecer las herramientas de los aspirantes y que, de esa forma, pudieran llegar mejor preparados al examen.
Aprovechando varias de estas opciones, pasé un par de semestres en las aulas de la UNAM tomando clases impartidas por algunos de los mejores profesores del país, con el único objetivo de emparejar un poco mis conocimientos con los de los demás candidatos. Paralelamente tomé algunas clases particulares en aquellas materias que me eran más ajenas.
Así, combinando el estudio con el trabajo, me presenté en un aula del campus universitario repleta de jóvenes provenientes de todo el país para afrontar una larguísima jornada de examinación, teniendo como único compañero a un lápiz. Con el pecho atiborrado de nervios y la mente desbordante de información, fui recorriendo de aula en aula para sentarme frente al papel e intentar demostrar que estaba lo suficientemente preparado para cursar el posgrado. Después de meses de trabajo, recibí la noticia de que había sido aceptado. La felicidad y la satisfacción fueron proporcionales al esfuerzo y la dedicación que imprimí en el intento. El proceso fue perfecto: exigente, rígido y justo.
Aproximadamente quince años después, la extraordinaria UNAM enfrenta una crisis importante derivada de su debut en la aplicación de exámenes de admisión electrónicos y no presenciales. Los resultados obtenidos por algunos candidatos han puesto en duda la validez del proceso completo, al evidenciar que se cometieron numerosas trampas durante la evaluación.
Abundan las versiones que responsabilizan a la plataforma tecnológica, al exceso de confianza de la institución y a la empresa encargada del proceso. Hoy por hoy, son muchas las instituciones educativas que se apoyan en herramientas tecnológicas para democratizar el conocimiento y disminuir los costos que representa, tanto para ellas como para los alumnos, acceder a una institución educativa o cursar alguno de sus programas.
Seguramente, en este caso, la autoridad universitaria, la empresa responsable del proceso y los desarrolladores de la plataforma tecnológica tendrán cierto grado de corresponsabilidad. No obstante, los verdaderos responsables y protagonistas de esta enorme crisis son los candidatos tramposos. Fueron ellos quienes, en su ambición por alcanzar aquella silla, implementaron distintas estrategias para obtener resultados tan por encima del promedio histórico que terminaron poniéndose en evidencia. Paradójicamente, no fue el fraude lo que detonó la crisis, sino la aparente perfección del fraude. Los resultados fueron tan extraordinarios que terminaron delatando a quienes intentaron engañar al sistema. Fue el resultado perfecto lo que provocó la crisis.
En tiempos en los que la tecnología y el desarrollo de nuevas herramientas facilitan nuestro día a día y potencian nuestro desempeño, este fallido proceso de admisión de la UNAM confirma una idea que el papa León XIV desarrolla en su primera encíclica: el mayor desafío de la inteligencia artificial no es tecnológico, sino profundamente humano. Ninguna herramienta, por sofisticada que sea, puede sustituir la responsabilidad ética de quienes la diseñan, la administran o la utilizan. Una vez más, el ser humano permanece en el centro del desarrollo tecnológico, con la capacidad de convertir esas herramientas en instrumentos de bienestar… o de detrimento.
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