“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad para elegir nuestra respuesta”
Viktor Frankl Una sesión deportiva reciente me recordó el enorme valor del espacio que existe -si somos capaces de aprovecharlo- entre los estímulos que recibimos y las respuestas que decidimos dar.
Imagina este momento: salgo a correr un poco más tarde de lo acostumbrado, un poco desvelado por una larga sesión de trabajo, aunque no precisamente con un mal dormir. El simple cambio de horario modifica la temperatura y la posición del sol. Olvidé el agua y algún nutriente. Me encuentro en una ciudad caracterizada por las subidas y las bajadas, lo que impide un calentamiento en terreno plano. Así, emprendo la primera de varias series de velocidad y, de inmediato, comienzan a agolparse dentro de mí una serie de estímulos que me dicen que las cosas no marchan bien, aun cuando no existe ningún elemento objetivo que lo confirme: no hay dolor, la frecuencia cardiaca no está descontrolada y físicamente me encuentro en condiciones de completar la sesión.
Una voz dentro de mí dice: recorta la sesión. La otra, la que debería defender la permanencia, prácticamente ni aparece.
El final de la historia lo conoces. Recorté el entrenamiento y, casi de inmediato, apareció una mezcla de frustración y culpa. ¿Habría podido seguir? Tomando en cuenta mi momento físico y las condiciones, considero que sí. ¿Por qué no lo hice? Porque no me di el tiempo suficiente para tomar distancia de los estímulos y construir una mejor respuesta.
Algunos de los perfiles que alcanzan los mayores niveles de desempeño encuentran parte de su éxito precisamente en producir y aprovechar ese espacio entre el estímulo y la respuesta. Ese breve instante les permite incorporar muchos más elementos a la decisión que solamente las circunstancias del momento. Les permite protagonizar el diálogo interno y elegir la mejor alternativa posible. Con frecuencia, además, evita que una situación incómoda termine convirtiéndose en un problema mayor, algo que suele ocurrir cuando reaccionamos sin detenernos a pensar.
La lección que me dejó aquella sesión de carrera es aplicable a prácticamente cualquier momento de incomodidad: en nuestras relaciones personales, en el trabajo, en los negocios o en la construcción de objetivos y proyectos.
Ese valioso espacio debe utilizarse para poner en práctica un diálogo interno productivo, realista y objetivo. Las dos voces tienen intereses distintos. Una busca protegernos del sufrimiento inmediato; la otra intenta recordarnos aquello que realmente valoramos y el tipo de persona que queremos llegar a ser. Serán los argumentos, y no el impulso del momento, los que nos permitirán construir la mejor respuesta.
Los estoicos lo expresaron de otra manera y conectan perfectamente con esta idea: no es lo que nos sucede, sino la manera en que respondemos a lo que nos sucede. Las circunstancias están, en buena medida, fuera de nuestro control; nuestras acciones, no.
Renunciar o no renunciar debe ser producto de una decisión consciente y bien argumentada, no del agobio que generan los estímulos del momento. Al terminar aquella sesión me hice una pregunta que sigo considerando valiosa: ¿decidieron los estímulos o decidí yo? Ese día, sin lugar a dudas, decidieron los estímulos. Ocurrió en el deporte, pero bien podría compararse con situaciones laborales o personales como abandonar un proyecto, terminar una relación o desistir de un sueño.
En la reflexión personal me pregunto: ¿cuántos problemas pude haber evitado o cuántas metas habría alcanzado si hubiera aprovechado mejor ese valioso espacio? Nunca lo sabré. Mirar hacia atrás solo tiene sentido si nos ayuda a rescatar un aprendizaje.
La invitación que hoy te hago es sencilla: construir esa pausa entre el estímulo y la respuesta para decidir mejor. Porque quizá la calidad de nuestro desempeño, de nuestras relaciones y, en buena medida, de nuestra vida, dependa menos de las circunstancias que enfrentamos y mucho más de quién responde cuando esas circunstancias aparecen.
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