La situación de Volkswagen debería invitarnos a una reflexión que trascienda la coyuntura laboral. La reducción de un turno de producción y la salida de cientos de trabajadores son el reflejo local de una transformación mucho más profunda: la relación económica entre México y Estados Unidos atraviesa una etapa de incertidumbre que exige, de ambos lados, mayor madurez, responsabilidad y capacidad de negociación.
México tiene razones legítimas para defender su soberanía y rechazar cualquier relación de subordinación.
Sin embargo, soberanía no significa aislamiento. Tampoco significa renunciar a una integración económica que durante décadas ha generado empleos, inversión, tecnología, infraestructura y cadenas productivas en nuestro país.
La verdadera pregunta no debería ser si México debe mirar hacia Estados Unidos, sino ¿cómo debe hacerlo? México necesita conquistar el mercado norteamericano, no depender pasivamente de él.
Debe convertirse en un socio indispensable mediante productividad, innovación, calidad, capacitación, infraestructura y seguridad jurídica.
Nuestra relación con Estados Unidos debe ser de corresponsabilidad: una asociación en la que ambas economías comprendan que la prosperidad de una fortalece las posibilidades de la otra.
La crisis de Volkswagen demuestra, sin embargo, las consecuencias de colocar todos los huevos en una sola canasta.
Cuando una modificación arancelaria o una contracción de la demanda estadounidense puede traducirse rápidamente en desempleo en Puebla, queda claro que México necesita políticas públicas capaces de anticiparse a los ciclos y a los desencantos del mercado.
El Estado puede y debe actuar de manera inteligente. En momentos de contracción, pueden diseñarse políticas contracíclicas que favorezcan, dentro de la ley y bajo criterios de eficiencia y transparencia, las compras públicas de vehículos producidos en México.
También pueden impulsarse incentivos temporales al contenido nacional, financiamiento para proveedores, capacitación laboral y mecanismos que permitan conservar capacidades industriales estratégicas.
De la misma manera, México debe establecer una política comercial que permita competir con los vehículos provenientes de China sin recurrir necesariamente al cierre del mercado.
La competencia debe existir, pero bajo reglas que protejan la seguridad, el empleo, la inversión productiva y el desarrollo tecnológico nacional.
Lo que está en juego en Puebla no es solamente el empleo de cientos de trabajadores. Está en juego la capacidad de México para conservar una plataforma industrial que ha costado décadas construir. Por ello, también es importante la gobernabilidad. Un gobierno profesional no puede limitarse a reaccionar cuando llegan los despidos.
Debe anticipar escenarios, conocer profundamente los mercados internacionales, dialogar con empresas y trabajadores, identificar riesgos y construir alternativas antes de que una crisis empresarial se convierta en una crisis social.
La inseguridad tampoco puede analizarse separadamente del deterioro económico.
El desempleo, la pérdida de ingresos, la incertidumbre familiar y la desaparición de oportunidades generan condiciones sociales que pueden favorecer la violencia y la descomposición comunitaria.
La política económica y la política de seguridad, por tanto, no pueden caminar por separado.
México necesita una relación madura con Estados Unidos: firme, respetuosa y pragmática.
Defender la soberanía no significa romper con Norteamérica; significa tener la capacidad profesional para negociar dentro de ella.
La verdadera independencia no consiste en darle la espalda a Estados Unidos.
Consiste en lograr que la presencia mexicana sea tan sólida, competitiva y estratégica que Estados Unidos también necesite de México.
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El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

