Memento mori, decían los estoicos. Un recordatorio de que todos vamos a morir, que buscaba dar dimensión a las cosas de tan diversa índole por las que atraviesa el ser humano, fungir como una herramienta que ancle sus pies a la tierra y refrescarle la consciencia del milagro que la vida representa.
Mi trabajo me pone, de cuando en cuando, en contacto con la tragedia. Trabajo en una autopista y, si bien es muy satisfactorio saber que familias llegan bien a casa o que los choferes de camiones realizan su trabajo de manera satisfactoria, también soy testigo de accidentes instantáneos en los que personas mueren y, con ello, modifican radicalmente la vida de quienes les son cercanos.
Dichos encuentros son mi recordatorio del memento mori. Accidentes provocados por la imprudencia, representada por factores como la distracción que produce un celular, el cansancio, el exceso de velocidad, el rebase inadecuado y el consumo de drogas y alcohol; en ocasiones, varios de ellos juntos.
Muchos planeamos y proyectamos como si tuviéramos tiempo infinito, como si nada pudiera modificar nuestro rumbo, como si gozáramos de inmortalidad. Solo los más sabios se abrazan al presente, al aquí y al ahora, con la consciencia de que éste pudiera ser el último texto que escribimos o el último que leemos. Valioso lugar común es invitarnos a pensar cómo enfrentaríamos la vida si tuviéramos la certeza de que nos quedan solo unos pocos días. Quien realiza tal ejercicio modifica de inmediato su mirada, su postura y su actitud ante la vida.
La pérdida me resulta dolorosa; mucho más aquella que sucede de manera intempestiva, sin esperarla. Me duele pensar en aquellos que se van, pero me duele mucho más pensar en aquellos que se quedan. Soy fiel creyente de que los primeros están en presencia del Padre y los segundos, tomados de su mano para transitar el camino que les resta.
Memento mori debe ser un recordatorio rutinario -es decir, siempre presente- que nos ayude a valorar nuestra existencia y la de quienes nos rodean; que nos aleccione para mostrar una actitud agradecida ante la vida, expresar lo que sentimos, aprovechar el tiempo con el que contamos y, en la medida de lo posible, realizar aquello que realmente queremos.
El peor error que podemos cometer es ignorar la fragilidad de nuestra vida, finita al fin, y, por ello, no ser conscientes de su incalculable e insustituible valor.
El día de ayer inicié mi jornada festejando la vida de un extraordinario ser humano que me tendió la mano en los momentos más complejos que hasta ahora he vivido y, a los pocos minutos, recibí el memento mori a través de la dolorosa e inesperada muerte de un compañero de trabajo: un hombre de bien, honesto, profesional y serio.
Considero que tener presente lo endeble de la existencia debe ser un llamado a la acción en dos sentidos: el primero, concentrado en cuidar al máximo nuestra integridad y nuestra salud física y mental, procurando alargar nuestra vida lo más posible y mitigando los riesgos; el segundo, dando gracias a Dios por el nuevo día, abrazando cada segundo disponible para construir y agregar valor a nuestra vida y a nuestra comunidad, procurando siempre el bien común.
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