Rubén Jaramillo ni Salvador Nava lograron pasar de su condición de víctimas del autoritarismo a próceres
Desde los años sesenta del siglo XX se pudo reconocer la decadencia del sistema político mexicano; el desgaste de la figura presidencial; la crisis del sistema de partidos; la crisis de representación popular; la insensibilidad de la clase política hacia las demandas sociales y económicas no resueltas; la corrupción; el asesinato de los adversarios; la impunidad; el bajo nivel de confianza en las instituciones; la inseguridad; así como el poco interés por la vida de las personas.
En 1957, José Revueltas, publicó su libro: “México: una democracia bárbara” en donde propone algo que conserva aún su validez 67 años más tarde: “La regeneración de la democracia en México no debe esperarse del poder público”, es una tarea que está en manos de la oposición, Pero no de toda oposición, sino de la única que puede ser eficaz y consecuente en un país como el nuestro: “la oposición de izquierda”.
Un ejemplo de esa “democracia bárbara”, aconteció el 23 de mayo de 1962, cuando un destacamento militar apoyado por policías judiciales sacó de su casa, en Tlaquiltengo, Morelos, al dirigente campesino Rubén Jaramillo, a su esposa Epifanía, que estaba embarazada, y a sus hijos Enrique, Filemón y Ricardo militantes de la Juventud Comunista de México.
Dos horas después la familia fue acribillada en las cercanías de las ruinas de Xochicalco, consumándose así uno de los más brutales crímenes políticos del siglo XX mexicano.
Fue el periodista Zósimo Camacho, quien por medio de la “Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental”—descubrió los expedientes de la muerte de Jaramillo.
Con documentos de la Dirección Federal de Seguridad en poder de la Galería 1 del Archivo General de la Nación, se citan las palabras del teniente coronel Héctor Hernández Tello, subjefe de la Policía Judicial Federal quien declaró que en la ejecución de Jaramillo: “solamente se habrían cumplido órdenes del señor presidente de la República”.
El 24 de mayo de 2021, el presidente Andrés Manuel López Obrador, expresó que el asesinato del líder agrarista Rubén Jaramillo y de su familia fue un crimen de Estado.
Por ello “siempre vamos a estar siempre pidiendo perdón, disculpas, ante estas atrocidades que se cometieron”.
Fuera de estas palabras, en el 60 aniversario luctuoso de Jaramillo Méndez, la Secretaría de Cultura a través del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), conmemoró su vida y su lucha con el foro virtual: “Rubén Jaramillo, zapatista, agrarista y dirigente”.
El homenaje a Jaramillo en mayo de 2022 fue casi marginal nada que ver al tuvo lugar en noviembre de 2019, cuando se hizo un reconocimiento a las dos de las figuras más emblemáticas de la izquierda en el México del siglo XX, me refiero al dirigente ferrocarrilero Valentín Campa y al líder político Arnoldo Martínez Verdugo, ambos integrantes del Partido Comunista Mexicano (PCM), cuyos restos fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres.
Para esa ocasión el presidente López Obrador emitió un decreto en el que los declaró personas ilustres.
Es extrañó, que en el decreto que no se expusiera de manera explícita que ambos formaron parte del PCM.
López Obrador en la ceremonia que tuvo lugar en el Panteón de Dolores los definió como “hombres de ideales, que buscaron representar a los más desprotegidos para que fueran tomados en cuenta de manera democrática e institucional”.
Al igual que Campa Salazar y Martínez Verdugo, en los años sesenta del siglo pasado, Salvador Nava representó una figura de lucha contra la simulación de elecciones municipales y la imposición de candidatos estatales.
Los gremios de ferrocarrileros, obreros, maestros entre otros se adhirieron a la campaña de Nava, pues tenían un enemigo político en común: el poder.
Como reconocimiento a su lucha el 15 de abril de 2023, en su conferencia mañanera, López Obrador recordó “con mucho cariño” al doctor Nava, al que reconoció como un luchador por la democracia y mencionó que era de tal importancia su legado que es “precursor de este movimiento de la cuarta transformación”.
Rubén Jaramillo ni Salvador Nava lograron pasar de su condición de víctimas del autoritarismo a próceres.
Si la moral es la brújula que usa López Obrador, para juzgar el papel histórico de los personajes políticos cabe la pregunta que pasó por su mente para no llevar a Rubén Jaramillo y Salvador Nava a la condición próceres.
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