Este Mundial no será de México, será en México, pero no para los mexicanos.
La FIFA, esa señora gorda y poderosa que vive en Zúrich, ha decidido que el fútbol ya no es del pueblo. Ahora es un negocio de élite. Un espectáculo para turistas con tarjetas black, para jeques y para aquellos que pueden pagar por ver un partido lo que un trabajador mexicano gana en dos o tres años. Y mientras tanto, aquí abajo, el hincha de a pie, el que de verdad sufre con cada derrota de México, se queda viendo el partido diferido en la pantalla de 32 pulgadas que todavía no termina de pagar.
Porque resulta que un boleto para ver a la Selección en fase de grupos cuesta lo que un departamento en Iztapalapa. Y ni ahorrando toda la pensión del bienestar durante años te alcanzaría, ni, aunque te la dieran en dólares.
¿Y qué nos dicen las autoridades? “Es una gran oportunidad económica”. Oportunidad para la FIFA, que se lleva su tajada millonaria sin que le tiemble la mano. Mientras el mexicano común y corriente tendrá que conformarse con los highlights en TikTok y las transmisiones piratas que se caen cada cinco minutos.
¿Y si existiera una FIFA de oposición? Una FIFA rebelde, una FIFA del pueblo, una corriente crítica que dijera “¡basta de privatizar el futbol!”.
Porque, urge una nueva FIFA. Una que entienda que el fútbol nació en los barrios, en el llano, en los campos de tierra, en las canchas improvisadas donde los chamacos juegan sin sponsor. Una FIFA que no trate al aficionado como vaca de ordeña, sino como el alma del deporte. Una que ponga precios razonables, que reserve una buena parte de boletos a precios populares y que deje de ver al Mundial como una máquina de hacer dinero sin alma.
Porque si continúa siendo así ya estoy pensando en cambiarme a la NFL o a la NBA donde comparado con la FIFA me es posible quizá hasta asistir a una final.
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