El Partido Acción Nacional (PAN) ha quedado atrapado en la dinámica de sus propios cacicazgos locales. Este fenómeno, denunciado históricamente en sus filas como la “onda grupera”, lejos de erradicarse, continúa desgastando a la agrupación política.
Un ejemplo claro es la controversia generada por el senador Enrique Vargas del Villar tras asistir a un acto de su amigo, el diputado morenista Pedro Haces. La polémica contrasta con el sólido control que Vargas ejerce en Huixquilucan, Estado de México. Al respecto, el analista político en la red X, @macciudadano, advirtió: «Si Enrique Vargas se va del PAN, Huixquilucan y una parte del poniente de la CDMX se van con él, seguramente a Morena. El CEN del PAN no puede hacer nada al respecto. Crearon un cacique muy poderoso en la región, que fue llenando espacios dejados por el PRI, y hoy nadie en la oposición tiene el capital político, económico o la voluntad para quitarlo».
Otro caso evidente fue el de José Luis Durán Reveles en Naucalpan. Tras su distanciamiento del partido, el municipio pasó a manos de Morena con el triunfo de su hermana, Patricia Durán Reveles. A esta lista se suma la acusación de Renán Barrera contra el exgobernador de Yucatán, Mauricio Vila Dosal, así como el dominio atribuido a Jorge Romero Herrera en la alcaldía Benito Juárez de la Ciudad de México.
Acción Nacional ha tolerado el ascenso de estos liderazgos regionales a costa de su propia estructura institucional. Aunque la dirigencia nacional depende de ellos para conservar presencia territorial y asegurar el porcentaje de votación que le garantiza prerrogativas ante el Instituto Nacional Electoral (INE), estos feudos alejan a la ciudadanía y frenan la recuperación del electorado perdido desde el año 2000.
Pese a las mesas de análisis y las denuncias presentadas ante órganos como el Consejo Nacional, el PAN no ha logrado desarticular estos contrapesos. Los grupos de poder toleran un margen limitado de disidencia interna sin alterar la correlación de fuerzas.
La pérdida de Naucalpan —otrora bastión panista— ilustra el riesgo de que un cacique abandone sus filas. En Tlalnepantla ocurrió un fenómeno similar: tras la muerte de Rubén Mendoza Ayala, el abandono de Ruth Olvera Nieto y el distanciamiento de Ulises Ramírez Núñez, el municipio pasó a ser disputado por el PRI y Morena, dejando al panismo local sujeto a la nostalgia.
Aunque diversas voces exigen frenar este aislamiento de la sociedad, el control real del partido permanece en manos de liderazgos decididos a conservar sus privilegios.
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