Los gestos y ademanes burlones de la senadora morenista Malú Micher, haciendo manos de tijera, los empujones y cachetadas de Alito Moreno a Gerardo Fernández Noroña y su asistente de la playera verde, las siestas memorables de Patricia Armendáriz y demás conductas abusivas y lamentables de nuestros “legisladores”, nos mueven a reflexionar como es que más de 103 millones de electores en México hemos permitido que nuestros empleados, senadores y diputados, sigan abusando de los cargos que les han sido conferidos, sin la mínima responsabilidad.
Los mexicanos pagamos sus nada despreciables dietas, alimentos y bebidas, papelería, ayudantes, choferes, vehículos, viajes, bonos y demás prestaciones que envidiarían directores de empresas multinacionales.
Desde sus curules hacen negocios (y a mí cuánto me va a tocar, dijo el Niño Verde), trafican influencias, venden favores y se toman atribuciones como la de cobrar por no asistir a trabajar.
Es el caso de Enrique Inzunza, quien se dio el lujo de faltar a su trabajo desde el pasado 29 de abril hasta principios de septiembre sin ninguna consecuencia, pero cobrando puntualmente y conservado su fuero.
Después de 124 días lejos de la vida pública, el senador sinaloense reapareció en su escaño como si cuatro meses de escándalo político fueran apenas unas vacaciones prolongadas.
Regresó dispuesto a votar, pero lo que no regresó fue el Sinaloa que existía antes de que la violencia terminara por devorarse también su economía.
Mientras Inzunza vuelve tranquilamente al Senado, en su estado los comerciantes cierran cortinas, las familias reducen gastos, los empresarios frenan inversiones y miles de trabajadores han perdido su empleo. Las cifras ya parecen parte de un parte de guerra económico.
El PIB de Sinaloa cayó 4.5% durante el primer trimestre de 2026, el peor desempeño entre las entidades del país.
La pobreza laboral aumentó 3.7 puntos y solamente en julio se reportó una pérdida de alrededor de 32 mil empleos.
Coparmex calcula que desde el inicio de la crisis de seguridad han desaparecido más de 4 mil 700 empresas.
En Culiacán, comerciantes aseguran que no habían visto en cuatro décadas un regreso a clases con ventas tan pobres. Ese es el Sinaloa al que pertenece Inzunza. Pero el senador parece vivir en otro. Su regreso ocurre después de que autoridades estadounidenses lo señalaran, junto con Rubén Rocha Moya y otros funcionarios, por presuntos vínculos con una facción del Cártel de Sinaloa.
Inzunza niega categóricamente las acusaciones y sostiene que se trata de una persecución política.
Mientras los políticos discuten expedientes, fuero y persecuciones, los sinaloenses pagan la factura.
La violencia dejó de ser solamente una estadística de homicidios.
Se convirtió en locales vacíos, restaurantes cerrados, hoteles con cancelaciones, empleos desaparecidos y familias que prefieren guardar el dinero porque no saben qué ocurrirá mañana.
El crimen descubrió algo que los gobiernos suelen olvidar: también se puede matar un estado sin dispararle directamente a todos.
Basta con matar la confianza.
Sin seguridad no hay inversión.
Sin inversión no hay empleo.
Sin empleo no hay consumo.
Y sin consumo las ciudades comienzan lentamente a apagarse.
Culiacán lo está viviendo.
Mazatlán empieza a sentirlo.
Y mientras tanto, la clase política insiste en que no pasa nada.
Ahí está la verdadera obscenidad del caso.
Inzunza puede desaparecer 124 días y regresar a su asiento.
Un comerciante que cierra 124 días probablemente ya no regresa jamás.
Un senador conserva sueldo, fuero y posición política, pero un restaurantero pierde empleados, patrimonio y años de trabajo.
Esa es la diferencia entre vivir de la política y sobrevivir a sus consecuencias.
La 4T prometió transformar Sinaloa.
Transformó noches llenas de clientes en calles vacías, transformó empleos en estadísticas y transformó a uno de los estados económicamente más dinámicos del noroeste en una entidad desolada.
Enrique Inzunza volvió al Senado.
Qué bueno por él.
Ahora falta que regrese la seguridad, los negocios, los empleos, los turistas.
Que regresen las familias que se fueron.
Y, sobre todo, que regrese algo que Morena lleva demasiado tiempo prometiendo en Sinaloa: el Estado.
RAPIDITAS:
> -El que se la volvió a volar es el tío Donald publicando en Truth Social un mapa de Norteamérica, incluidos Canadá México, el Caribe, Groenlandia e Islandia, pintados bajo los colores de la bandera de Estados Unidos.
De su obsesión por cambiar también el nombre de “New Mexico a New America”, ya ni hablamos…
> -A la terrible inseguridad que aqueja las carreteras del país habrá que agregar la aparición de falsos policías en la México-Pachuca, cerca del AIFA en territorio de Tecámac, donde civiles armados que se identifican como “policías de investigación” en vehículos particulares detienen vehículos y exigen identificaciones a sus ocupantes con el propósito de asaltarlos.
¿Es la fecha en que no hay autoridad capaz de proteger a choferes y familias indefensas? En pleno siglo XXI México ha vuelto a los tiempos de los salteadores de caminos del siglo XIX.
> -Hablando de asaltantes, en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México las casas de cambio advierten a sus clientes de no exhibir los billetes con los cuales pretenden comprar divisa extranjera, por aquello de que en los pasillos de la terminal uno los asaltantes merodean con toda libertad y, de regreso a sus vehículos, los incautos pagarán las consecuencias.
> -De “irrespetuosos e infiltrados prianistas” calificó la presidenta Sheinbaum a un grupo de pescadores que se manifestaron contra la ampliación del puerto de Manzanillo sobre la laguna de Cuyutlán.
Puede ser que los inconformes hayan incurrido en una falta de respeto hacia la jefa del ejecutivo pero calificarlos de prianistas es ofender a una larga lista de destacados ex tricolores y hoy morenistas, como AMLO por ejemplo.
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